Marie Bonaparte y su clítoris

Este artículo está sacado de aquí y ha sido escrito por Josep Lapidario.

Leyendo el divertidísimo ensayo Bonk, the curious coupling of sex and science, escrito por la periodista Mary Roach, encontré una irresistible historia sobre clítoris movedizos que quiero compartir con vosotros en lo que espero sea el primero de una serie discontinua de artículos clitorianos… Un tema importante dado que en pleno siglo XXI aún hay gente a la que ‘clitoriano’ le suena a raza alienígena de Star Trek (klingons, vulcanianos y clitorianos).

La historia empieza con la princesa Marie Bonaparte, sobrina nieta del mismísimo Napoleón, una mujer apasionada con una potente libido. En 1907 se casó con el príncipe Jorge de Grecia en un matrimonio dinástico de conveniencia, y para apagar sus calenturas buscó una larga serie de amantes como el ayudante de cámara de su marido o el mismísimo Primer Ministro de Francia.

Sin embargo, estaba enormemente preocupada por su imposibilidad de alcanzar el orgasmo durante el coito: un problema serio en una época en que la masturbación clitoral estaba muy mal vista. Empezó pues a estudiar anatomía, fisiología y psicología con un entusiasmo notable, y trató de confirmar una de sus teorías entrevistando a 243 mujeres sobre su vida sexual, la calidad de sus orgasmos y la distribución anatómica de sus genitales (una serie de entrevistas que inmortalizaría más adelante Alix Lemel en la novela Los 200 clítoris de Marie Bonaparte). En 1924 Marie publicó sus sorprendentes resultados en la revista de medicina Bruxelles-Médical, adoptando por precaución el pseudónimo A.E.Narjani.

Bonaparte clasificó a las mujeres en tres grupos según la distancia entre clítoris y vagina. En las paraclitoridiennes la distancia era menor a 2.5 cm (una pulgada): eran el grupo más numeroso (69% de la muestra) y las que más a menudo disfrutaban de orgasmos durante el coito. Las téleclitoridiennes tenían el clítoris a más de 2.5 cm de la vagina, representaban un 21% de la muestra y tenían dificultades para alcanzar el clímax (o volupté: como tantas otras cosas, suena mejor en francés). Y por último, el 10% restante se movían en el terreno intermedio que Marie llamaba “el umbral de la frigidez”.

Imagino que el primer reflejo al llegar a este punto del artículo es ir a buscar un metro y saciar la curiosidad (sea sobre genitales propios o sobre los más cercanos), pero tened un poco de paciencia todavía…

Como habréis adivinado, Marie Bonaparte era téleclitoridienne, y achacó a esta configuración anatómica sus dificultades orgásmicas. Entra en escena el cirujano vienés Josef Halban, que convence a Marie de que la solución a sus problemas consiste en mover quirúrgicamente su clítoris para acercarlo a la vagina, cortando y pegando ligamentos y tendones en una operación que califica de “simple” y bautiza como “Halban-Narjani”. El problema es que gran parte del clítoris está escondido bajo la superficie, lo que convierte la operación en bastante más complicada de lo que esperaba el optimista vienés.

Tras un tiempo de recuperación que se le debió hacer eterno a la pobre Marie, probó con alguno de sus amantes la nueva distribución… Sin lograr la tan ansiada volupté durante el coito. Una segunda operación para recolocar de nuevo el clítoris no mejoró su porcentaje de éxitos.

Por supuesto, había una solución mucho más sencilla que recurrir al bisturí: cambiar de postura. Si se quieren maximizar las posibilidades de orgasmo-durante-coito en una téleclitoridienne, la postura ideal es con ambos sentados cara a cara, posición que fuerza el contacto entre el pene y el clítoris durante la penetración.

Desgraciadamente quien entra ahora en escena es ni más ni menos que Sigmund Freud, cuya posición hacia el clítoris oscila entre la ignorancia y una cierta condescendencia paternal. La próxima vez que una lectora de este artículo fantasee con Viggo Mortensen interpretando a Freud en Un Método Peligroso, que se lo imagine antes recitando esta antipática frase freudiana: “cuando una mujer llega a la edad adulta y entra en la femineidad, el clítoris debería ceder su sensibilidad e importancia, parcial o completamente, a la vagina”.

Sé de unos cuantos clítoris que no estarían de acuerdo… Pero aparentemente Freud convenció a Marie Bonaparte, tal vez cansada de que el frankensteniano Halban fuera recolocando su clítoris como una nariz de Mr. Potato. En poco tiempo Marie se convirtió en discípula y patrocinadora de Freud, y más tarde en psicoanalista de pleno derecho.

Las teorías de Freud sobre la preponderancia de la vagina sobre el clítoris llevaron a Marie a estudiar mujeres cuyo clítoris había sido extirpado, fuera por motivos médicos o por ablación ritual como en algunos países de África. En teoría debería haberlas encontrado más ‘vaginalizadas’ al haber sido eliminado ese elemento de distracción, pero lo que vio es que muchas se masturbaban clitoralmente, aunque con dificultad, sobre las cicatrices (¡recordemos, la mayor parte del clítoris es ‘subterránea’!).

Tampoco encontró pues Marie en el psicoanálisis una respuesta a su ‘frigidez’, y sin embargo permaneció fiel a las teorías freudianas. Por su parte, Freud pareció hacia el final de su vida sentirse algo desconcertado: hablando de Marie, dijo “la gran pregunta que nunca recibe respuesta y yo no estoy capacitado para responder, después de mis treinta años de estudios sobre el alma femenina, es ¿Qué desea una mujer?”.

Muchas cosas, Sigmund, sin duda. Pero una de ellas la tenías debajo de las narices.

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Tengo un amante, ¿con quién me desahogo?

Mi amiga Lucía lleva cuatro años con el novio. No conocemos a Edu porque vive en Barcelona, donde ella ha ido a la uni, y por el momento tienen una relación a distancia, aunque ella va a volver a Bcn a hacer el máster. Volvió a Up North por trabajo, durante el curso y aquí estaba sola. Sola, solita, sola.

Y un día apareció Jon. No era ni especialmente guapo, ni alto, ni atractivo, pero Jon estaba en Up North y Edu no. Gran diferencia donde las haya. Y Lucía ya no tiene quince años, ya no es ponerle los cuernos a un rollete, ya no es una chorrada de una noche y cuatro besos. Ahora empieza a ser algo que plantearse. Y no se lo puede decir a nadie. Porque la gente juzga, Dios cómo le gusta a la gente juzgar. Y llega un momento en el que las parejas comienzan a ser amigos de ambos, no sólo de él o de ella. Si se lo cuenta a alguien, ¿quién puede asegurarle 100% que no acabará la información en manos de Edu? No. Lucía quiere a Edu, quiere tanto a Edu que sabe que es el hombre de su vida, que se casará con él y tendrán sus tres hijos y vivirán en Londres o en Nueva York. ¿Si siempre le han dicho que el amor dura para siempre, qué está pasando? ¿Y si quiere a Edu por qué necesita estar con Jon? Nadie contesta esas preguntas y Edu no está y el cuerpo tiene hambre.

Por desgracia, aunque el cuerpo tenga hambre, el cuerpo se sacia fácil. Al cuerpo le puedes dar sexo con quien sea, y se verá tranquilizado, pero Jon empieza a ser un capricho. Alguien a quien ansía ver cuando gira la esquina de la calle. No es sólo lo que el cuerpo quiere, se ha vuelto exigente. ¿O no? Lucía se empieza a volver loca porque no lo puede comentar con nadie, no puede sopesar los pros y los contras ella sola en su habitación en casa de sus padres en voz alta. Necesita consejeras. Pero no hay nadie. Porque tiene miedo de abrir la boca.

Así que Jon cae. Y ella cae, o ambos se rinden. A Edu no le dice nada, de hecho cuando hablan por teléfono está más mimosa que habitualmente. Pero se acuesta con Jon. ¿O sale con él? Van al cine, pasean juntos, duermen juntos… Nadie en los alrededores de Up North conoce a Edu. Edu vive en la lejana Barcelona.

Y un día quedamos para comer, Lucía, Janire y yo. Janire y yo no frecuentamos los mismos lugares que frecuenta Lucía. Ni la misma gente. Y desde luego no conocemos a Jon por lo tanto somos bastante imparciales. Comienza a contarnos la historia cronológicamente, con huecos, modificándola. Intentando mentirnos. Nos plantea que le gusta Jon, de hecho no nos quiere decir ni su nombre para que no le busquemos en Facebook, yo le pido por favor que le ponga nombre ficticio: elijo Jon. Rápidamente le pillo en la mentira y admite que sí, que se han acostado. Y entonces vomita toda la verdad.

Con Edu la monotonía es tan aburrida… y Jon es nuevo. Es el juguete que lleva un tiempo deseando. Pero Jon es celoso, es muy casero, no quiere viajar, ni vivir un año fuera de Up North. Jon es muy cómodo y quiere quedarse así. Pero Edu no es lo que era, y por mucho que sea el hombre de su vida, Lucía por lo que nos cuenta, entendemos que prefiere a Edu que a Jon. Pero que no tiene intención de dejar a Jon.

Hablamos durante más de tres horas del mismo tema. Y yo pensé en lo mal que lo tendría que estar pasando la pobre. Sin lengua para hablar y contárselo a alguien. Jon sólo podía ser su fantasía, y luego un romance, y luego el amante… y luego la realidad que tuvo que confesar para pedir opinión.

Y me pregunto qué haría yo en su situación, a quién podría acudir, dónde tendría que esconderme. Y sobre todo cuánto tiempo tardaría en volverme loca y vomitar la verdad…

Los homosexuales no son personas, sólo homosexuales

He pasado unos días en casa de mi amiga Lucía, que es homosexual y vive con su novia, Janire. Lucía no había tenido pareja antes de conocer a Janire, Janire había salido con chicas y con chicos antes de empezar a Lucía. Lucía no lo comenta demasiado. Está con Janire, por la calle se dan de la mano, se besan, apoya la cabeza una encima de la otra… no es una pareja empalagosa, de hecho, estando con ellas en casa en ningún momento me he sentido incómoda o fuera de sitio.

Pero son lesbianas, y he estado pensando en ello y en lo que supone.

Para mí son dos chicas, con las que he pasado unos días. Sí, les gustan otras chicas pero éso no las hace únicamente lesbianas. Por desgracia, no creo que demasiada gente piense como yo. Me explico, quizá alguien que tenga la idea de una persona homosexual (y sólo estoy haciendo suposiciones) y si conoce a una persona que le gusta alguien de su mismo sexo, inevitablemente sólo podrá pensar en ello. Por ejemplo, si yo conociera ahora a Lucía y me dijera que es lesbiana, estaría continuamente pensando que Lucía va a querer liarse conmigo. Porque yo, siendo mujer, y ella siendo lesbiana. Es tan fácil como 2 y 2.

Error.

Lucía es Lucía. Lucía además de tener sus gustos, sus aficiones y su terrible miedo a atracadores, le gustan ciertas mujeres (a mí tampoco es que me guste tooodo hombre que se cruza por mi camino) y está enamorada de Janire.

Lucía no es exclusivamente una persona homosexual, que me da la impresión de que es así como la sociedad las retrata. Y quizá Lucía podría pasar más desapercibida, pero Janire que digamos que es más ‘lesbianaza’ prototipo, (camisa de cuadros, pelo corto, no lleva maquillaje) y esas cosas, en cuanto la ves y dices: ya te he calado, parece que Janire no es más persona que lo que la sociedad le ha impuesto como etiqueta.

Pensémoslo así, cuando conocemos a alguien que nos puede caer mejor o peor, su horientación sexual tampoco es una gran preocupación (a no ser que estemos en busca y captura de alguien con quien follar), pero supongamos que empezamos a ir a clase de la Escuela de Idiomas y queremos una amiga nueva junto a la que sentarse. Vale, genial es lesbiana. ¿Pero será buena en inglés?

No sé si es sólo mi impresión o es algo que también teníais en mente. Pero me parecía necesario llamar la atención al respecto, porque cuando los medios de comunicación mencionan a gente homosexual, parece que al ser homosexual ya no pueden pertenecer a otro grupo o no puede reivindicar otra cosa. Son PERSONAS. Lo único que puede que no a todas les guste el chocolate blanco tanto como a la mayoría. Dios, qué tragedia.

 

Manual de la buena masturbadora de Proyecto Kahlo

Encontré este artículo en Facebook, lo han cogido de esta página, que me ha parecido de lo más interesante así que creo que comentaré lo que vaya comentando que me parezca interesante. Os dejo leer en paz y armonía.

La guía definitiva para encontrar el placer.

La verdad, a la hora de masturbarse hay mil métodos y cada una nos decantamos por el que más nos viene a mano (nunca mejor dicho) pero a veces nos encontramos con gente que prueba lo que otras hacen y no les satisface en absoluto. ¡Normal! Cada una somos un mundo. Eso sí, hay formas en las que es más fácil que encontremos el placer y estas son algunas ideas:

La ducha. Por favor, si no lo has probado ¡ya estás tardando! Y es que apuntar hacia nuestro clítoris con la alcachofa de la ducha puede ser una de las mejores experiencias de este mundo, no sólo saldrás limpia sino además relajada, ¿qué más quieres? La temperatura del agua: templadita, que el frío hace que se sienta menos porque nos entumece y excesivo calor no es necesario, que no queremos cocinarnos. La fuerza del chorro de agua y la distancia ya la irás perfeccionando a tu gusto, algunas prefieren empotrárselo (literalmente) y otras prefieren ir jugando con la distancia. ¿Y utilizar el grifo del agua directamente? También es una opción, piernas en alto y a disfrutar de la corriente… Anda, que al final hasta le vas a sacar uso al bidé del baño, ¿eh?

La almohada. La mera presión sobre nuestros genitales puede ser muy placentera, sin necesidad de quitarse la ropa ni nada. Son muchas las que, cuando se van a dormir, juegan con la almohada entre las piernas o hacen un ”gurruño” con las sábanas o el edredón y luego…a tener dulces sueños.

Las manos. Nuestras manos son sabias y curiosas y no hay nada como dejarlas explorar para que nos lleven a la fuente de nuestro placer.

Vibraciones con tan sólo dos dedos en la parte superior del clítoris (no directamente sobre él) van a hacer que se desencadene una respuesta de excitación. El motivo de que sea cerca del clítoris pero no encima es porque muchas veces el contacto directo y continuo va a hacer que esta práctica nos moleste mas que otra cosa pero, oye, que si a ti es lo que te gusta y funciona adelante, ¡que aquí no hay reglas!

Empezar por hacer presión con la palma de la mano para luego dejar que los dedos jueguen con los labios vaginales y el clítoris es otra opción. Ahora presiono, ahora no, ahora me acerco con un dedo, ahora me alejo, ahora me acerco con dos, etc.

¡A por el punto G! Si introducimos en nuestra vagina los dedos índice y corazón con las yemas hacia arriba y los doblamos en el interior formando un ángulo de 90º podremos palpar la zona donde habita nuestro querido punto G. ¿No lo encuentras? Eso es que no has llamado a su puerta, masajea suave y lentamente y verás como los sientes.

El ano, el gran olvidado. A muchísimas mujeres la estimulación del mismo les produce muchísimo placer (por algo se practica el sexo anal) por lo que no hay que pasarlo por alto. Juguetea con él y descubre si ahí se encuentra uno de los desencadenantes de tu placer.

Juguetes eróticos. Aquí lo ideal es haber pasado por el punto anterior, nuestras manos, y saber que es lo que más nos excita porque encontraremos de todo, vibradores para el clítoris, dildos, vibradores con dildos, dildos que vibran, vibradores especialmente diseñados para el punto G., bolas para la estimulación anal, etc. La verdad es que los juguetes son geniales para esos momentos de vagancia máxima ya que ellos van haciendo el “trabajo duro” y tu te limitas a disfrutar, además, muchas veces ayudan a que el orgasmo llegue más rápidamente.

Tu piel. Hasta ahora nos hemos centrado más en los genitales en sí pero ¿se puede una masturbar sin ellos? ¡Por supuesto! Olvídate de las zonas clasificadas como erógenas y prueba a acariciarte todo tu cuerpo creando tu propio mapa del placer, ya que no a todas les gustan las caricias en los pechos o el cuello, mientras que para otras puede ser su debilidad. Disfruta del tacto en seco, echándote crema o dándote un baño, nunca sabes qué puede pasar cuando llegues a determinadas partes de tu cuerpo.

Los pechos. ¡Ay, los pechos! Nunca los olvides ya que pueden ser fuentes de placer sin ninguna duda, de hecho hay mujeres que alcanzan el orgasmo a través de ellos exclusivamente, sin necesidad de emplear ningún elemento más. Da igual si son grandes o pequeños: acarícialos, masajéalos, juega con los pezones y disfruta.

La cabeza. En tu mente puede haber lo que quieras cuando te masturbas. Puedes fantasear con lo que quieras, recuerda que la imaginación es libre, ¿cómo sería estar con esa persona que tanto te gusta?, ¿y volver a revivir aquella experiencia con la que tanto disfrutaste?, ¿y si entrase por la puerta ese personaje de libro o película que tanto te excita? Invita a quien tú quieras y disfruta sin límites. ¿Que no te va lo de fantasear? No pasa absolutamente nada, deja la mente en blanco y limítate a disfrutar de las sensaciones de tu cuerpo, siente tus caricias, el roce, la excitación que se apodera de ti, el orgasmo… Deja tu consciente a un lado y simplemente SIENTE.

Y recuerda… yo, mi, me, conmigo

Escuchar follar

La magia de un gemido.

La primera vez que escuché a alguien follar fue de campamentos. Estábamos en un pueblo, cerca de Biarritz y eran las fiestas. Vino mucha gente de los alrededores, y en medio de un descampado se formó un parking enorme. Teníamos que cruzar el parking para llegar al lugar en el que dormíamos, y fue ahí, con 14 años, cuando lo escuché por primera vez en directo. Iba con una amiga y nos quedamos las dos quietas, escuchando y riéndonos. Riéndonos ‘jijiji’ porque era bastante violento, pero por alguna razón (bastante clara hoy en día) no nos movimos del sitio.

La siguiente vez que escuché ya era más mayor, tendría dos o tres años más e Inés y yo estábamos viendo una película en el salón, ya era tarde, igual la una de la mañana de algún viernes. Y lo escuchamos. Junto al salón está pegado el cuarto de nuestra madre, cuarto que compartía con su novio en aquel momento.

Nos miramos horrorizadas. No supimos que hacer, lo el parking nos hacía quedarnos quietas a escuchar, esto nos paralizaba cuando queríamos huir.

Inés apagó la tele y nos fuimos corriendo (literalmente) de allí. Evitamos comentar el tema, fue como… algo que sabes que tus padres hacen pero que no te quieres imaginar. (De niña yo tenía la teoría de que mis padres mínimos habían follado tres veces, porque tres ya éramos. Si tenía amigas con un hermano, significaba, por lo tanto, que sus padres habían follado dos. Lógica aplastante).

Comento todo ésto porque por razones que no vienen a cuento, mi cuarto ha quedado invalidado temporalmente y duermo con Inés. El finde pasado llegué a casa (supongo que antes de lo previsto) y estuve un rato en el cuarto de baño. Supongo que fui especialmente silenciosa porque el cuarto de baño está pegado al cuarto de Inés y se debería de oír. (De hecho de debería de oír de dentro a fuera y de fuera a dentro. Cosas del destino…)

Abrí la puerta y pum. Me quedé tan paralizada por la imagen que me quedé congelada durante unos segundos. Cerré la puerta de un portazo. Pero no dejaba de imaginar las tetas de mi hermana moviéndose y la cara del tío al verme.

Supongo que a partir de ahora aprenderé a llamar.

Condones olvidados en lejanas estanterías

Por razones que no vienen a cuento estoy vaciando mi habitación, de arriba a abajo. Desde la cama hasta el último papel que haya. Tengo tres baldas en la entrada de mi cuarto, la última de ellas no la veo, alzo la mano y palpo un poco lo que hay para coger lo que quiera. Pero tampoco hay demasiado. Un juego de mesa, una cajita que solía tener tazos, unas fotos de cuando era adolescente y un collar.
O éso pensaba yo.
Estaba tranquilamente bajando poco a poco todo lo que había, cuando me encontré con una ingente cantidad de fotos de carné de gente de mi clase. 13 añados. Toma ya. Me reí. Me encontré unas cartas (esa moda que hubo de mandarse cartas con tus amigas aunque os vierais todos los días) y entonces cayó… un puto condón.
Vacío. El envoltorio estaba plano planísimo, era de los de Control porque por fuera tenía dibujos divertidos. Y entonces recordé vagamente haberlo puesto allí. No era condón de mi primera vez porque no fue en mi casa. ¿Qué podía representar ese condón que yo tan importante consideré en su momento para guardarlo? Miré un rato largo el envoltorio. El condón caducaba en febrero de 2012. Si más o menos los condones duran unos cuatro años… llevemoslo al 2008. Eder fue el chico del momento, pero de Eder no era. ¿Carlos Salazar? ¿Pero por qué guardar un condón suyo? ¿Por qué demontre había guardado ese envoltorio?
Me ha dado pena tirarlo. No por el hecho de tirarlo, sino porque para la Belle de 18 o 19 años esa vez fue importante, pero para mí, no representa nada porque ha sido borrado de mi memoria. La última vez que follé con Carlos Salazar en mi cuarto fue hace dos años, y si hubiera hecho eso hace tan poco lo recordaría. La chiquilla que guardó con toda la ilusión del mundo ese condón ha desaparecido. Y no me he dado cuenta. He matado los recuerdos y la imporancia que pudieron tener.
Le he dado vueltas durante un tiempo, pero da igual con quién usara ese condón. La pena es que ni lo recuerdo ni me importa lo suficiente hoy en día como para lograr encontrar ese recuerdo con respuesta.

Cómo follan en el cine

Estaba viendo el noveno capítulo de la segunda temporada de Girls, cuando Marnie y Charlie (los de la foto de arriba) se ponen a follar. (Perdónenme el mini Spoiler). Y me he puesto a pensar…

La situación no es sexy, ni el ambiente está cargado de pasión. Entran en la oficina de él para aclarar las cosas y de repente se besan. Ella le devuelve el beso. Él la levanta, la pone sobre su mesa, le sube el vestido, se abre la bragueta y voilá.

¿En serio? ¿Y voilá? Entiendo que por motivos de guión no hay otra manera de hacerlo, me refiero a en cuanto se besan, ella está lo suficientemente húmeda como para que pueda ser penetrada. Pero es que esto lo van a ver niñas (no esta escena pero las mil escenas que se han rodado igual que esta) y gente no tan niña que es virgen y se pensará que cuando follen va a ser algo más o menos así.

Éso en cuanto respecta a la humedad, porque el cine y las series lo que reflejan en un coito es que el coito termina cuando el hombre se corre. Hay guionistas que tienen la decencia de escribir “y se corrieron a la vez”, que parece ser que no es muy común entre los humanos de este planeta, pero suele ocurrir así que no es del todo inverosimil. Pero lo que generalmente nos encontramos cuando vemos escenas así, es que se acaba la función cuando el hombre termina su papel y sale de escena.

No quiero cambiar el mundo con esta entrada, pero por favor, si alguien que puede aportar su granito de arena y hacer que estas escenas se cambien (o se corten en cuanto empiezan a follar, como ha ocurrido en el capítulo de Girls) sería muy de agradecer. Incluso un comentario justo antes de meterla estilo: – ¿Pero ya estás húmeda? Para que aunque sepan que se describe un tópico, nos riamos sabiendo que es mentira.

Porque por mucho que a veces seamos grifos abiertos, necesitamos calentar motores.

He dicho.

– Yo follo genial. – No perdona, yo follo mejor.

Últimamente tengo la impresión de que la gente compite por ser mejor en la cama. No es sólo la gente que insinúa (o dice) serlo, sino su alrededor cómo los trata. Yo misma formo parte del misterioso complot. Un ejemplo muy sencillo:

– ¿Qué os parece Jon? – persona 1.

– ¿Qué Jon? – persona 2.

– El del bar, el que tiene tres años más – persona 1.

– No sé, es atractivo, no es guapo pero tiene algo – persona 3.

– A mí me parece que tiene un morrrrbo… para meterlo en el baño y follar toda la noche – persona 2.

Si ocurre esta conversación, inevitablemente cuando vean a Jon, 1, 2 y 3 se van a mirar entre sí y se van a reír. No se sabe si Jon folla bien o no, pero Jon ya tiene en ese grupito fama de gran follador, y por lo tanto, ya pasa a ser ente superior en las conversaciones sobre fantasías.

Ahora bien, digamos que el bueno de Jon es quien se hace la publicidad a sí mismo. Vamos a suponer que Jon lleva dos o tres meses sin follar y que ya tiene ganas, y un día, tomando algo, sale el tema sexo. Jon, antes que nadie suelte la pregunta de ‘cuántos lleváis sin follar’, dice el tiempo que lleva y las ganas que tiene. Jamás en mi joven vida he visto a un chico hablar de sexo sin hacer gestos que lo acompañen. Simulan lamer coño, lo acompañan por movimiento de caderas, por saltos que cambian de posiciones sexuales. Está ahí, metido en el ADN o en algún tipo de fibra mágica que jamás será destruida, hacen éso porque quieren que les veamos hacerlo y tener ganas de practicar el acto con ellos. Porque ésto ya pasa de bemoles. Es algo animal que su cuerpo les ordena a hacer, para que sobreviva la especie, cosas de Madre Naturaleza.

¿Entonces, si es algo de la naturaleza qué coño hago yo haciendo una entrada sobre ésto?

Pues porque la mayoría de mi cuadrilla son chicas. Y la impresión de que ‘yo follo mejor que tú’, sigue ahí. Me molesta, sí, porque la idea me parece ridícula. Claro que hay muchísima gente que folla mejor que yo, y habrá otra que peor. Pero jamás lo sabremos porque no tengo ninguna intención de follarme a todo el planeta para comprobarlo (por no meternos en gustos y apetitos).

He llegado a la conclusión que follar es tan necesario (vale, menos pero lo es) como cagar, mear o comer. Y NADIE, NADIE, NADIE dice jamás la frase: yo cago mejor que tú.

Ahí lo dejo.

¡No sé cómo pueden follar contigo sin estar depilada!

Esta semana he estado de vacaciones con unas amigas.  Hemos dormido todas juntas, en la misma habitación, nos hemos duchado, cambiado de ropa y nos hemos reído de los pijamas. Fuimos tres chicas. Una de ellas acaba de empezar a liarse con un chico, Lucía, la otra lleva toda la vida empalmando novios, Janire. Desde que tiene trece años no ha estado soltera jamás en su vida. Y luego estoy yo. Ya estáis situadas.

Una de las noches, pusimos la calefacción y como hacía calorcito, y Lucía se puso pantalones cortos. Desde el momento en el que Janire vio que no tenía las piernas depiladas (y cuando digo las piernas me refiero únicamente de la rodilla para abajo, porque en la pantorrilla no tiene apenas pelos y las ingles hace años que se las hizo a láser) no tardó ni tres segundos en soltar su frase estrella:

– ¿Cómo puede querer follar contigo si no estás depilada? ¿No te da un poco de asco follar así?

Y se quedó tan tranquila. Como si no fuera porque tengo que controlarme, no le habría soltado un guantazo en toda regla.

No quiero meterme a temas sobre feminismo ni rollos de ésos, sólo quiero comentar la situación del otro día que me dejó perpleja. Claro que Janire puede decir lo que le dé la gana y no lo hacía con mala intención, sino que le sorprende que gente como Lucía no se depilen cada pelo de su cuerpo.

Janire creció siendo una niña peluda. Cuando éramos adolescentes yo recuerdo que Janire tenía tanto pelo, que tenía hasta en los omoplatos. Janire creció en una sociedad en la que tener pelo no sólo es feo, sino que parece ser antihigiénico y a algunas personas les da asco. Y ella se ha comido toda la basura publicitaria que le han vendido y se ha depilado hasta los pelos de las ideas. Es una obsesa. Se quita incluso los pelitos que tiene en los dedos.

Entiendo la forma de ser de Janire. Lo que no entiendo es por qué si yo tengo que entender que ella tenga un problema psicológico, ella no puede entender que no todo el mundo es tan superficial como ella. Le parece imposible que los chicos sean capaces de ver más allá de los pelos que tenemos (o no) en nuestras piernas o ingles.

Que insinúe que Lucía da asco porque no quiere estar depilada todo el año, a mí personalmente me ofende, y aunque ya lo he hablado con ella varias veces y durante todas las vacaciones me he metido con ella por su frase estrella, me ha cansado muchísimo tener que convivir con alguien tan superficial para el físico con ella.

Porque estadísticamente hablando, tanto Lucía como yo hemos estado con más chicos sin depilar que depiladas y ninguno nos ha dicho jamás que no. Pero esa es la diferencia entre nosotras, que Lucía y yo aceptamos nuestros cuerpos, y Janire lo hace para agradar.

Mi secreto

Hay un secreto, con el que vivo desde hace un tiempo. Lo sabe la gente sin saberlo del todo, le quito importancia con la mano, no miro cuando sé que me miran. Nadie me pregunta, porque nadie se lo imagina. Pero yo lo sé, lo sé y me obsesiona la idea. Lo pienso racionalmente, le doy una forma, un sentido a la idea, la escondo, la guardo. La pierdo. La olvido.

Y siempre vuelve.

La idea de que me atraiga otra persona no me asusta. Me atrae mucha gente, hombres y mujeres. Me atraen muchas veces, varias veces al día. Miro los labios de la gente, me los imagino en la cama, arqueando la espalda, gimiendo bajo las sábanas. (Tengo la manía de imaginar a toda la gente de mi alrededor follando, siempre que conozco a una persona nueva, la imagen me viene a la cabeza). Pero esta vez es distinto. Esta vez…

Va por fases, cuanto más le veo, más pienso en él. Si no le veo, no pienso en él. No tiene rostro, ni gestos, ni forma de hablar. No quiero otorgarle personalidad. Ni siquiera pienso en ella. Pero cuando quiero, y me concentro sólo un poco, imagino con mucha facilidad su sonrisa torcida, sus ojos negros y su forma de mirarme sin decir nada.

Él lo sabe todo. Es la única persona que lo sabe todo. Los dos sabemos lo que hay. Lo sabemos desde hace un año, cuando hablamos durante horas y sin decirnos nada, nos dijimos todo con los silencios que no ocupamos.

Y ha vuelto a ocurrir, hemos vuelto hablar. Intento no mirarle, de verdad que lo intento. Pero tengo hambre de buscarle, de ver cómo me mira. ¿Puede que sólo sea vanidad? ¿Puede que sólo seamos un juguete? Pero Carlos Salazar era un juguete. Era un juguete y yo era un juguete. Esto es algo más.

Ahora, los dos sabemos que nada va a pasar. Los dos sabemos que de no estar Mike, habría algo. Nos iríamos juntos. Y hablaríamos durante horas. Me escucharía hablar sobre cosas que al resto de la gente no le interesa, le gusta que hable sobre cosas que nadie más quiere oír de unos labios que han rozado demasiadas veces un vaso.

Sé que no va a pasar nada. Él también lo sabe. Es casi una pérdida de tiempo hablar tantas horas. Casi, pero no deja de serlo. Y yo no se lo puedo decir a nadie más que a él. No le puedo decir a nadie más que a él que me intriga, me intimida, me siento niña, me siento interesante, diferente, me hace sentir inquieta, me hace dudar de lo que voy a decir, me hace hablar con pasión…

Es normal sentirse atraida por varias personas. Es normal, teniendo en cuenta que viviendo en la sociedad en la que vivimos, sólo se aceptan parejas. Dos personas. Las relaciones abiertas son escasas, son invenciones de un loco. Una amiga mía vivía con una chica que tenía una relación con dos personas. Eran un trío. Ninguna otra persona me ha hablado de nadie más que conociera. Hay culturas en las que es normal que una persona tenga varios amantes. Y la nuestra no es una de ellas.

Quiero a Mike con locura, como a nadie. Pero lo que venía hoy a decir, es que a pesar de querer a alguien, hay otras personas que se deslizan por debajo de la piel, sin avisar, y de repente están ahí, y no se van a ningún lado, y aunque nada vaya a ir a ningún lado. Nuestra mirada siempre está ahí. Sin hablar. Contándolo con silencios.

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