No sé qué tiene la biblioteca que me parece enfermizo lo cachonda que acabo siempre. Puede que no sea la biblioteca, sino las pocas ganas que tengo de pasarme unas tres semanas estudiando como una cerda con el culo pegado a la silla, la cabeza gacha y las manos jugueteando con un lápiz.

La primera vez que ocurrió estaba, obviamente, en primero de carrera. Recuerdo que ciertos días estaba allí Carlos Salazar. En ciertas ocasiones hablábamos un poco, pero generalmente nos saludábamos y él seguía con sus números y yo con mis letras. Por extraño que parezca, y por mucho que Carlos Salazar fuera la presa fácil, cuando entraba en biblioteca, él estaba a su rollo y me interesara que así fuera, porque la carne fresca, es la carne fresca.

Había un chico, uno de los mayores que ya estaría en tercero o cuarto de carrera, que también estudiaba en la biblioteca. Relativamente bajito, mono, castaño claro y algo pijito. Si estudias en la biblioteca de Up North raro es el chico que no sea algo pijo. Así que ahí estaba. Entraba a la hora que le daba la gana y hacía otro tanto a la hora de la salida. Pensé que estudiaría LADE o Economía, generalmente la gente que estudia esas carreras, por alguna razón que no comprendo, hacen un poco lo que les da la gana con su horario y sus estudios.

Total, que el tipo en cuestión hacía muchísimas saliditas al baño, a fumarse un cigarro, a tomarse un café al bar de abajo y a dar una vuelta. Salía con el móvil en la mano, hablando bajito. Cada vez que pasaba a mi lado, intentaba olerle, y su colonia… joder. El economista era mono, normal pero esa colonia me volvía loca. Me daban ganas de arrancarle la ropa.

Me pregunté si tendría novia. Pero nunca le veía entrar con ninguna chica, aunque éso no tenía nada que ver. Le podría haber preguntado a Carlos Salazar que no habría tenido ningún problema con decírmelo, pero me daba vergüenza que se lo contara. 18 años, qué queréis. (Qué mentira, tengo 23 y seguro que ahora mismo tampoco lo preguntaría).

Un martes, no sé por qué razón lo recuerdo, pero fue un martes, el economista salió con la cartera en la mano. Y salió solo. Y yo pensé en follármelo en el baño. ¿Qué era lo peor que podría pasar? Si me decía que no, simplemente dejaría de mirarle cuando entraba y haría como que no existía. Y si me decía que sí, tenía todas las de ganar y relajarme de una puta vez para poder estudiar sin estar cachonda perdida todo el rato. Así que cuando cerró la puerta de la biblioteca para ir a la máquina a por un café, cogí y le seguí.

El baño estaba justo enfrente de la máquina de cafés, así que cerré la puerta y joder, estaba nerviosísima, todavía podía ir al baño y disimular. ¿Pero entonces qué? Cachonda para nada. Cachonda para todos. Me puse a su lado y miré cómo su café se iba sirviendo. Me miró. Sonreí. Sonrió de lado. Nunca le había visto sonreír. Dios, aquella sonrisa me puso. No sé de dónde saqué la fuerza pero me puse entre él y la máquina y le entré. Sin mirar atrás.

Y me siguió, joder si me siguió. Al principio sólo fue un beso, pero me acerqué más a él y comenzó a frotarse contra mí, así que acabamos en el baño. Nos íbamos chocando contra las paredes del estrecho cubículo. Me pareció totalmente surrealista, pero llegados a este punto pensé en lo que agradecía haber salido del baño y haberle seguido. Olía tan bien, olía tan bien que comencé a morderle el cuello. Me levantó la camiseta y me desabrochó el sujetador, se bajó los pantalones y se los dejó hasta las rodillas. Yo me quité una pierna del pantalón para tener más movilidad. Pensaba que iba a explotar.

Al salir, él metió dinero en la máquina para otro café. Yo me bebí medio litro de agua.

– No me has dicho cómo te llamas.

– Ya.

Se me quedó mirando, molesto. Yo me estaba mirando al espejo del cuarto de baño con la puerta abierta.

– Belle.

– Belle.

Cogió su café, yo salí del baño.

– Espera, espera, espera…  ¿no me jodas que eres la Belle de Carlos Salazar…?

EN FIN.

Me salieron unos exámenes buenísimos, por si a alguien le interesa.

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