Hace ya algún tiempo, exactamente cuatro años estas Navidades me lié con Edu. De hecho a mí no me gustaba, pero el tipo se lo curró, estuvo meses y meses metiéndome fichas, estando en el momento y lugar adecuado a tiempo… y al final le acabé encontrando un morbo que jamás pensé que podría haberle visto. Nos liamos varias veces durante varios años. Si Carlos Salazar no hubiera estado allí, Edu habría sido el follamigo por excelencia.

Pero Edu… era algo más, al principio me gustó mucho, me gustó tanto tanto que me volvía loca estar con él, pero lo que Edu hace mejor que nadie es adaptarse a las personas que le rodean. Y crea unas ilusiones cojonudas. Me pasaba horas hablando con Edu de mi vida y nos contábamos cosas, y fue así como utilizaba toda esa información que yo le transmitía para aparentar ser mi tío ideal. (¡Ja!) Pero oye, el tío era un máquina haciéndome creer que era el hombre de mis sueños. No tardé demasiado en darme cuenta de que no. Y por cosas de la vida, pasó a ser uno de mis mejores amigos, ahora ya no lo somos tanto por pequeñas peleas y cosillas de la vida y del alcohol pero sabe que si tiene un problema puede contar conmigo y yo con él.

Total que hará cosa de dos años, Edu se enamoró de Lucía, una chica de su clase de la academia. Acabaron saliendo juntos, casi un año. Luego Lucía le dejó, y Edu vino llorando donde mí.

Me hablaba de Lucía a todas horas, lo que había estudiado, dónde trabajaba, su forma de reír, sus gestos, el sonido de su voz, su risa y un largo etc de moñadas que uno dice al estar enamorado. A Lucía no le vi nada más que una vez, en fiestas de Up North, a unos cinco metros, una noche, de borrachera. Recuerdo que llevaba un moño tan grande como otra cabeza. Él seguía enamorado de ella y ella no quería no verle, ni hablarle. Él decía que no entendía qué había hecho. Yo le consolaba, asentía. Una de las razones por las que Edu me había dejado, tenían que ver con mi físico. Era como que me lo echaba en cara sin echármelo del todo. Supongamos que me achacaba estar demasiado gorda (que no era el caso) la frase era algo así: “Joe aquí… te has puesto fina a comer, ¿eh? Aunque estás igual de buena con esa cintura pero no sé, algo de deporte ya podrías hacer”.

Es lo que toda persona necesita oír del chico que le gusta, de verdad lo recomiendo. Un tiempo más tarde le eché en cara que me dijera éso. Se lo dije de borrachera, mal y tarde. Me dijo que él lo decía por animarme. Me reventó aún más la respuesta.

Un buen día de octubre llegué yo a la academia, a todos nos llega en algún momento u otro ese año de los idiomas, y ahora me toca a mí. Llegó una chica y se sentó a mi lado. Me resultó familiar, pero no supe ubicarla. Como todas sois tan listas habéis llegado a la conclusión correcta: era Lucía. No lo supe por su físico, sino porque me explicó lo que hacía y a qué se dedicaba, su edad y el sitio donde vivían concordaban. Casualidades de la vida.

Es curioso que en clase a ella la llamen Belle y a mí me llamen Lucía. Ese aire que tenéis, dicen las profesoras. Yo pienso en Edu. Lo mal que me había hecho sentir conmigo misma, la carga que había arrastrado de un chico a otro hasta que llegó Ben. Llegó Lucía, él se enamoró, se mostró por primera vez cómo era y ella le dejó. Y ahora resulta que varias personas opinan que Lucía y yo nos parecemos lo suficiente como para confundir nuestros nombres. Él consideraba mi físico a la altura del suyo, Lucía no considera su verdadera personalidad a la altura de la suya.

Eso se llama karma, Edu bonito.

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