La casa es Eder estaba al lado del metro, así que anduvimos unos dos o tres minutos y nos paramos frente a un portal. Era molesto, incómodo y aún así era emocionante. Tenía ganas de darle la vuelta, empujarle contra la pared y besarlo, tenía ganar de gritar, de darle la mano, le subir corriendo a su cama.
– Mis padres están durmiendo, así que no hagas ruido…
– ¿¡Qué!?
– Se irán sobre las 12 y no vuelven hasta las tres, que se van con los amigos a tomar algo.
Subimos en ascensor. Él mirando al suelo. Yo mirándole a él.
Su cuarto era el primero a la derecha, con vistas al parque, al metro, y lejos, supongo que a Mike. Me quedé mirando por la ventana un rato, sin saber muy bien qué hacer. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué hacía allí? Y más importante aún, ¿por qué Eder aún no me había besado?
Fui al baño mientras Eder se comía media pizza fría de la noche anterior. Busqué entre sus cajones y encontré una de las camisetas que más me gustaban. Una de S.A. Me quité la ropa y me quedé en bragas y con su camiseta. Me metí a la cama, una cama ancha, de matrimonio, que olía a él. Hundí la cabeza en su almohada. Aquel minuto podría haber durado para siempre.
Entró Eder y cerró la puerta, se cambió de espaldas, se giró, se metió a la cama y sonrió.
Y pensé, me besará, me besará, me besará.
Se acercó a mí. Se giró, mirando al techo y puso los brazos detrás de la cabeza.
Habían pasado años, y ahí volvíamos a estar, la pareja del año, el amor de mi vida.
Me tumbé a su lado, con miedo de tocarlo, quise llorar, pensé en qué haría Inés si supiera que había estado allí. ¿Qué clase de tortazo me daría cuando se lo contara?
– Eder…
– ¿Qué?
Me acercó a él, pasó su brazo por mi espalda, y me envolvió.
Me di la vuelta y puse mis piernas a su alrededor, y nos besamos. Era como volver a tener 16 años.
Besar a Eder no es como cualquier otro chico, Eder es Eder y en cada beso suyo no se puede pensar en nada más.
Pero pensé en Mike.
Pensé en Mike, y en lo tonta que yo era por haber subido. Porque por mucho que yo quisiera verlo de un modo u otro, Eder no había cambiado, me tenía y no sabía qué hacer conmigo, me había vuelto a conseguir y volvía a ser segundo plato. Literalmente.
Así que sin hacer ruido volví a mi casa.
La cara de Eder jamás se me olvidará, abrió los ojos, se incorporó y me miró. Pero no intentó convencerme de que me quedara. Le di un beso en la mejilla y me fui.
Durante todo el verano, me encontré con Eder en todas y cada una de las fiestas habidas y por haber y en todas vino a saludarme, y se quedó conmigo hablando durante horas.
Pero el momento había pasado, ya no éramos adolescentes, ya no me conformaba con ser la imbécil a la que quería, pero que ni sabía ni podía querer.
Quizá algún día le pregunte qué falló entre nosotros, por qué me dejó, pero me llevo diciendo eso años, que algún día de fiesta se lo preguntaré, pero ya van un lustro con rumbo a dos y todavía no he hecho nada.
Pero supongo que es cosa de primeros amores, están y ahí se quedan, pero no son para siempre.

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