Lo que voy a contar pasó. Y lo olvidé. Porque si no lo olvidaba, me podía pegar un tiro. Pero hace poco, en Carnavales para ser más exactos, Eder apareció. Pero os cuento el principio de todo…
Esta historia comienza hace más de una década. Cuando Eder y yo éramos unos críos y acompañábamos a nuestras hermanas a partidos de baloncesto. Nos conocimos allí, aunque vivíamos cerca. A partir de ese momento, empezamos a encontrarnos bastante a menudo. Ya sabéis, conoces a alguien y de repente parece ser que te lo encuentras en todas partes cuando antes no le habías visto nunca.
Nos saludábamos lo justo y necesario cuando sus amigos y mis amigas se cruzaban, a veces ni nos saludábamos.
Y llegó la adolescencia y empezamos a movernos en círculos parecidos, nos veíamos en las fiestas, en las discotecas y salíamos a la misma hora hacia el insti, pero jamás volvimos a hablar.
Hasta que empezamos a salir.
Así de curiosa es la vida. Fue mi primer novio. Duramos un año y dos meses.
La estúpida edad de 16 fue lo que nos unió un invierno, cuando un amigo mío empezó a salir con su grupo y así tuvimos la ocasión de litrar en el mismo círculo. Y de hablar, y hablar, y hablar.
De hecho durante semanas lo único que hacíamos era conectarnos pronto al msn y desconectarnos tarde. Ya sabéis, la época y la edad. Msn unió a muchas parejas… pero eran otros tiempos…
Que me gustase Eder me ponía histérica, nunca había tenido novio y todo lo anterior habían sido besos con chicos, con chicos que no volvería a ver o que no eran amigos míos.
Eder era…
era un olor, el mejor olor que jamás tuvo un chico,
era conversaciones sobre temas que a mí me importan (era la primera vez que hablaba con alguien que supiera mucho sobre libros, libros que a mí me encataban, veía series y le encantaba la fantasía).
Eder era un chico inalcanzable, no era misterioso, pero era inaccesible.
Y yo lo conseguí.
Hay una frase que oí una vez que venía a decir algo así como: todas queremos salir con ese tipo de chicos para poder adaptarlos, pero no siempre somos las chicas que pueden adaptarlo.
Yo lo fui.
Ya… bueno en realidad no. Pero a los 16 pensaba que sí lo era.
Estuve con Eder un año, un mes y dos semanas. Y obviamente me dejó él. Y volvimos. Volvimos durante dos semanas.
Y me dejó.
No quise volver a verle, le olía, le olía por todas partes, todos los chicos eran él y era incapaz de sonreír.
A veces me veía de fiesta y me venía a saludar, me daba un beso en la mejilla.
Eder fue mi gran primer amor, y durante años SUPE que jamás querría a nadie tanto como a él. Y pasaron chicos y chicos, pero eran demasiado aburridos, demasiado mayores, demasiado accesibles, demasiado incultos, muy borrachos, no sabían escuchar música, ni bailar…
No eran Eder.
No besaban como Eder, ni me hacían cosquillas como él, no eran divertidos, no se enfadaban conmigo para que me diera cuenta de lo infantil que era.
Y pasaron años, unos cuantos años. De hecho pasaron exactamente seis años. Acabamos el instituto, hicimos la carrera, yo me fui de Erasmus y ahora estoy con el máster.
Salí con Ben. Empecé con Mike y durante años, mi mayor consuelo fue Carlos Salazar.
Pero lo que hoy quiero contar comienza justo después de que empezara con Mike.
Mike y yo nos liamos. Y una semana más tarde comenzaron las fiestas de mi barrio.
Y yo, que me había pasado una semana soñando en cómo sería volver a ver a Mike. Estaba sola en casa y ya había planeado las mil maneras de invitarle a dormir a mi casa pero… Mike no apareció.
Pero el destino se hizo el gracioso y decidió emborracharme a cerveza y poner a Eder frente a mí. Eder y yo hacía unos dos o tres años que no hablábamos. Desde que se echó otra novia y la paseó frente a mí.
Pero de repente me olvidé de absolutamente todo, y sólo éramos Eder y yo, y hablamos. Y hablamos durante más o menos una hora. Y quise pedir otra cerveza, nos sentamos en un banco, y hablamos aún más, y me acompañó a mear y nos sentamos alejados de la muchedumbre. Siendo él y yo.
Y yo no podía pensar en Mike, no podía pensar en nada, sólo quería seguir allí, hablando con Eder, como si no hubiera mañana.
Llegó la mañana. Mis amigas ya se habían ido, y Eder y yo volvimos a casa andando, o por lo menos hasta su casa. Yo tenía que coger el metro para volver a la mía, pero había metros cada media hora.
– ¿Te quedas a dormir a mi casa?
Me reí, porque era lo único que podía hacer. Pero me lo decía en serio.
ME LO DECÍA EN SERIO.
Y fui. No me preguntéis por qué, pero fui.

To Be Continued…

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