Nunca he comentado mi primera vez. De hecho la mayoría de mis amigas y yo la perdimos el mismo curso. Primero de bachiller. Fue un gran año para los cotilleos. Quedaron unas pocas balas perdidas que no dejaron marchar sus lirios hasta la universidad.
Pero vamos al grano.
Perder la virginidad era lo que las películas americanas nos habían dicho que era: ese gran momento. Si el cine español fuera lo que el americano es, seguramente las historias serían de perdedores que follan con una cualquiera y no se acuerdan de nada al día siguiente porque iban mamados.
Recuerdo que cuando era más pequeña, vease… unos catorce años, no quería follar. No por el hecho de perder la virginidad y ser considerada lo que fuera por gente que no conocía ni me importaba, sino por el hecho de que después de follar, ya no hay nada más que hacer.
Porque primero vienen los besos, luego las pajas y los dedos, luego las mamadas y los cunilingus… y al llegar a la meta estaba convencida de que no había nada más. Así que durante años fantaseé con la idea de follar, sin querer hacerlo por llegar al final del nivel 1.
Dulce inocencia.
Ya hablaré algún día de mi primer beso, pero fue lo que en términos generales se denomina una puta mierda, y no quería que mi primera vez fuera igual de patética. Así que hasta que no tuve novio (novio que hasta la fecha es la relación más larga que he tenido con alguien si no contamos a Carlos Salazar) no quise follar.
Recuerdo que aquel día de principios de marzo sabía que aquel día sería el día. Tuvimos como tres o cuatro calentones, pero no fue hasta las once de la noche que ocurrió. No dolió, ni sangré. Y la verdad es que tampoco sentí.
La verdad es que con la gente con la que he hablado, he tenido de las mejores primeras veces, pero no tiene ni color con ahora. Incluso el peor polvo de ahora, es mejor que aquel.
Empezamos conmigo arriba. No entraba. No entraba ni de coña, pero ni aunque todos los dioses griegos y romanos se hubieran puesto allí con sus trucos, no había manera. Así que me puse abajo. Y entró.
Lo malo de estar abajo es que tenía un reloj a la altura de la vista que marcaba la hora. Fueron veinte minutos. Dios qué largos se me hicieron. Veinte minutos en los que yo no sentía nada ahí abajo. Volviendo a casa tuve la sensación de que seguía follando con aquel ritmo acompasado. Incluso cuando me senté delante del ordenador a contárselo a mis amigas a través de msn, seguía notando la misma sensación.
A partir de esa primera vez todo fue a mejor, pero tuvo que pasar un año y medio (y cambiar de chico) para poder experimental un orgasmo. Menos mal que la primera vez es una, lejana y relativamente fácil de olvidar. Para otra vida procuraré que entre conmigo encima, siempre es mejor dominar la situación…
¿A alguien le apetece comentar su experiencia?

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