Hace un par de semanas salí de fiesta con chicas de mi clase. Corrió el alcohol y empezamos a hablar de sexo. Se comentaron más cosas, pero a mí hubo dos en particular que me llamaron la atención. (A mí y a toda persona humana del salón en el que nos hallábamos).
Marta contó (puede que la gente de alma gentil no quiera leer lo que dijo, recomendo pasar directamente a Ana) que ella para masturbarse, en vez de usar un consolador o sus manos, o incluso un gran rotulador, como sugierió alguna de clase, usaba un estuche. Exacto. Un estuche. Uno de esos pequeños en los que entran tres bolígrafos y que más tarde casi hay que cerrar a presión, os hacéis una idea…
La primera vez que lo hizo, le puso condón y todos tan contentos. Pero la segunda vez que decidió disfrutar con el aparatito, no le puso condón y algo (yo supongo que la cremallera) le rasgó por dentro y estuvo sangrando durante días. Al principio no se dio cuenta, más tarde, pensó que sería la regla aunque no tuviera demasiado sentido porque acababa de tenerla, y para cuando llegó a darse cuenta de qué podía ser, se lo dijo a su novio. Este, sabiamente le recomendó ir al médico. A palabras necias oídos sordos.
– Hola doctor, ayer me masturbé. Hoy tengo sangre en mi braguita.
– Es un caso fácil de masturbacius estupidus con estuchus.
Ajá. Pues no. Así que esperó un par de días y se le pasó a la pobre. Esto contado así, suena un poco trágico. Ella lo decía con un cigarro en una mano, una vaso de kalimotxo en la otra, y una sonrisa en la boca que no se la quitaba ni el recuerdo de lo que contaba. Parecía feliz con su anécdota.
Y yo más que puedo contárosla a vosotras.

Ana contó que cuando salía con su ex novio, se llevaban a matar. Típica relación de infelicidad psicológica y maravillosos polvos. Ella es de Valladolid y su novio de Barcelona, así que una vez que fue a verle en un puente, le mandaron un mensaje al móvil diciéndole que debido al volcán (era cuando aquella nube que impedía volar) su avión se había cancelado. Ana se rayó algo, ya que odia volar, cambiar el vuelo, mirar posibilidades de llegar a casa etc. y se metió a la cama algo tristona. Su novio, al que llamaremos Lluis por darle un nombre, se había cubierto las manos de pimienta. Ya os empezáis a hacer a la idea. La broma se fue a la mierda cuando se dio cuenta de que Ana no estaba de humor como para su humor (broma de mal gusto diría yo) y se lavó las manos.
Ana estaba tranquilamente relajándose y esperando llegar al orgasmo a través de la masturbación y cunilingus de su novio cuando comienza a notar ese fuego en su interior. Y no lo digo metaforicamente. Notaba que le ardía el coño, la vagina y hasta la garganta casi casi. El agua fría no sirvió de nada, y escuchar de fondo a Lluis llorar de la risa tampoco. Ana se enfadó y acabaron follando.
De los mejores polvos de su vida.
Pimienta chicas.
Si es que cuando dicen que hay que echarle pimienta a una relación se refieren literalmente a eso.

(Confesión mía, yo sí he probado la pimienta. Y oh mon dieu… sí que quema por dentro, pero merece la pena. Merece muchísimo la pena… /guiño, guiño/)

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