Mi radar de hombres se activó cuando más o menos tenía cinco años. Se ha ido desarrollando con el tiempo, claro. Pero yo creo que empezó a funcionar bastante bien cuando rondaba los catorce, y se perfeccionó cuando tenía dieciocho. Durante todos mis novios, mis rollos y amantes siempre tuve el radar activo. Vale estoy con tal, pero éso no me impide tener ojos en la cara. De hecho suelo tener la costumbre de ir mirando a hombres que me sacan unos diez años y pensar: me gustaría que mi futuro marido tenga esa pinta. Ir por la calle y (como cualquier hijo de vecino) pensar: me lo follaría… mmmmm a ese no. Mmmmm ese huele bien, me liaría con él. Ese tiene morbo, pero es feo, ¡más para mí! Y un largo etc de cabilaciones sobre los hombres que se cruzaban por mi camino.
Llegó Mike.
Y entonces me fui a vivir a ciudad universitaria y me mudé con mis flores en el pelo y mi amor por el té.  Un día me fui a dar una vuelta con una chica de mi piso y me comentó que en aquel sitio los chicos eran feos. Me sorprendí. No es que no estuviera de acuerdo con ella, es que ni me había fijado. NO ME HABÍA FIJADO PARA NADA.
Me entró pánico, porque no supe qué contestar. La Belle de antes hubiera tenido una clara opinión sobre los chicos, pero era como si de repente yo me hubiera vuelto asexual, o el resto del planeta asexual, o todo el mundo era muy, muy poco apetecible.
El otro día, en estas dulces fechas en las que quedas con todo el mundo cuando vuelves al hogar dulce hogar, quedé con dos amigas y una que lleva ya tres años con su novio, comentó que el primer año de relación, ella estuvo de erasmus. Y allí comenzó a sentirse atraída por un tipo. Me miró sorprendidísima cuando le dije que a mí en ciudad universitaria no me gustaba nadie.
– ¿Pero ni te atraen ni nada?
– Bueno sí, hay un chico en mi clase que es muy atractivo.
Pero éso también lo sabía Mike porque habíamos comentado qué chicas y qué chicos eran apetecibles en mi clase.
Siempre he estado muy orgullosa de mi radar, mi radar detectaba tíos buenos a cientos de metros a la redonda. Mi radar podía olerlos. Mi radar era Dios. Dios ha muerto. Mi radar ya no existe. Ahora tengo un Mike.

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