El pontificado de Juan XII es considerado uno de los más nefastos de la Iglesia Católica, debido a su poca moral y numerosos escándalos mientras ejerció como cabeza de Roma. Para empezar, este Papa era un apasionado por los juegos de azar, a los que se dedicaba con vehemencia la mayor parte del día.

Su residencia pontificia de Letrán se llenó de mujerzuelas, eunucos y esclavos, convirtiéndose en escenario de excesos y de orgías en el que el pontífice se movía como pez en el agua. Por lo demás, era un hombre completamente inculto que hasta ignoraba el latín. En su habitual jerga grosera juraba por Venus o por Júpiter y brindaba por los amores del diablo. Un día tuvo el capricho de ordenar un diácono en una cuadra, y, en otra ocasión, consagró obispo a un muchacho de diez años.

La noche del 14 de mayo del año 964, Juan XII fue asesinado de un martillazo en sus aposentos por un marido celoso que lo encontró en el lecho con su mujer. Realmente a nadie le sorprendió este episodio, ya que desde su elección como pontífice a los 17 años corrieron rumores de violaciones e incestos. De hecho, se aconsejaba a las mujeres que no acudieran a la iglesia San Juan Laureano, no fueran a ser violadas por su Santidad.

Cuando murió Isabel la Católica, su esposo Fernando ya viudo, debió enfrentarse a su yerno Felipe El Hermoso, que quería para sí todo el poder en Castilla. Para evitarlo, el monarca decidió casarse con una joven muy fogosa de 16 años, Germana de Foix, sobrina del rey francés, para tener descendencia con ella y evitar que Felipe heredase el reino de Aragón.
Lo que ocurrió es que Felipe el Hermoso murió joven, y su mujer, Juana la Loca, fue declarada incapacitada, de manera que Fernando se convirtió en Regente de Castilla, con lo que el asunto quedaba resuelto

Pero el problema fue que la fogosa Germana le siguió exigiendo que cumpla con sus deberes sexuales al envejecido Fernando, que ya era sexagenario, por lo que este tuvo que recurrir a los testículos de toro para estimular su potencia sexual. Como todos sabemos, los años no pasan en vano y el remedio no funcionó con el monarca que, abrumado por las exigencias de su joven esposa, recurrió a la cantárida (Lytta vesicatoria), un insecto que vive en los algunos árboles y cuyo organismo contiene una sustancia que provoca la dilatación general de los vasos sanguíneos (lo mismo que hace la moderna Viagra).

Los efectos vasodilatadores de la cantárida son generales y podían provocar hemorragias cerebrales. Y eso es lo que le ocurrió a Fernando el Católico, que murió de una apoplejía, la pena es no saber si fue en acto de servicio o en los preliminares.

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