Esta semana pasada he estado en Amsterdam. Básicamente he estado día sí y día también en el Barrio Rojo, donde las prostitutas inundan los escaparates y los hombres babean a su alrededor, la mayoría de los turistas sin atreverse a entrar. Pude enterarme más o menos de cómo cobran, lo primero que hacen es cobrarte, 50 euros, y te mandan a la ducha para verificarse de que están limpios los clientes. Después, durante quince minutos estarán comiéndole la polla al hombre, si el cliente quiere follar, deberá de pagar más, ella se pondrá de espaldas a él, si él quiere mirarla, tendrá que pagar más, ella no se desnudará en ningún momento, si él quiere que ella se desnude, tendrá que pagar más, si quiere tocarla, tendrá que pagar más y una larga, larga, larga lista de formas de sacarle dinero al cliente. Los escaparates que alquilan cuestan entre 75 a 250 la semana. Pero vistos los precios, las chicas más jóvenes, que tenían más o menos mi edad, seguramente serían capaces de ganar éso en menos que canta un gallo.
Los espectáculos eróticos donde había sexo en directo, costaban entre 35 a 40 euros por hora y media o dos horas, en cambio había uno, The Sex Palace, por donde por dos euros, se disponía de cuatro minutos de sexo en directo. Dado mi baja economía, yo me adentré en este último. En la zona de la derecha está el porno, que sigue las mismas reglas que el sexo en directo, dos euros por cuatro minutos, pero porno ya tenemos en Internet, yo quería ver a dos personas follar.

Era una sala redonda, con puertas rodeándola y pequeños cubículos donde sólo entraba una persona, metías los dos euros por la ranura y sin tener que tocar ningún botón, el cristal que está delante de ti pasa de ser blanco a ser visible. Los trabajadores sexuales del interior, no te ven, pero desde su lado el cristal pasa a ser rojo y saben que hay alguien observándolos. Tendrían unos 35, él no estaba nada depilado, era un hombre normal y corriente, con el que puedes follar y puede convertirse en tu pareja, no esos metrosexuales que nos vende el porno. Ella quizá era ligeramente más mayor que él, y gimió de forma forzada cuando él la penetró. Parecía la actuación que repetían siempre, como amantes que se conocen demasiado bien, estaban a lo que tenían que estar, pero sus mentes parecían preocupadas por otros asuntos, sí, estaban follando, pero aquel es su trabajo, no tienen por qué estar dándolo todo como hacemos el resto cuando queremos llegar al orgasmo. No volví a introducir otros dos euros, me pareció suficiente verles durante cuatro minutos.
Cuando Amsterdam se fundó, era un puerto pesquero, allí los marineros desembarcaban para pasar la noche, noches o semanas, y lo primero que veían ya desde sus navíos, allá por 1300 eran mujeres que llevaban cadelabros recubiertos de tela roja, las prostitutas que venían a esperarlos para poder coger su dinero. Cuenta la leyenda que de ahí viene el nombre del barrio Rojo, de aquellos candeladros tapados por telas rojas que atraían a los marineros.
Hace algunos años hubo un intento de incluir a hombres en los escaparates en el barrio Rojo, pero la prensa europea alucinó, y no dejaron en paz a los pobres chicos, y por lo tanto las prostitutas que estaban a su alrededor comenzaron a perder dinero, ya que sus clientes habituales no querían ser fotografiados entrando a los escaparates. Las mujeres se unieron, y su sindicato acabó echando a los hombres, creo que sólo duraron una semana. Una verdadera pena, me habría encantado contemplarlos, todavía no soy suficientemente rica como para disponer de sus servicios y comprobar si realmente hay diferencia o no entre un profesional y un amante natural.

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