La primera vez que una amiga me confesó que había hecho una mamada yo tenía 14 años. Y me pareció la peor pesadilla de todo ser humano. Ella tenía uno más que yo, y estábamos en su cuarto, yo me quedaba a dormir. Estábamos hablando de chicos que nos gustaban, que nos habían gustado y de cosas que las mayores hacían.
– Qué asco… – dije.
– Bueno, tú piensa, cuando eras más pequeña y veías a la gente mayor besarse con lengua, ¿qué decías?
– Mmmm…
– Decías qué asco también, con la edad todo se cura, y bueno, acabarás haciéndolo, ya verás.
Supuse que sí, que acabaría haciéndolo, pero con 14 años, meter un pene en mi boca, me daba asco, mucho, mucho asco.
La primera vez que hice una mamada era porque me daba pavor hacer una paja, y si no era lo uno, era lo otro. Había crecido rodeada de tíos, de muchos, muchos tíos que siempre parecían estar quejándose de lo mal que hacían las tías las pajas, de lo destrozada que les habían dejado la polla. Y queráis o no, si desde los 11 escuchas a la gente decir éso, para cuando tienes 16 años, tienes un trauma (no de por vida, pero sí que dura unos cuantos chicos).
Recuerdo que al igual que en mi primer beso, había leído lo que las jóvenes adolescentes preguntaban a las revistas de quinceañeras. ¿Cómo puedo besar? ¿Puedo besar mal? Gracias a algún dios todo poderoso yo di mi primer beso mucho antes de que me pillara el pánico a cómo se podía besar. Aunque sí que me dio tiempo, y más que suficiente para leer cómo todas las revistas explicaban que tenías que poner la boca en forma de O y luego hacer como si fuera una piruleta.

En fin.
Lo que fueron en su día las mamadas para mí y lo que son ahora, son conceptos totalmente diferentes. En un principio… no me gustaba demasiado el olor, había ocasiones en las que no respiraba o lo hacía por la boca cuando dejaba de estar ocupada. Luego aquellos dolores de mandíbula, y el poco placer oral que recibía yo a cambio.
Luego pensé haber encontrado la polla de mis sueños, quizá era porque era el novio de una amiga y éso le daba más morbo, pero me encantaba, era del tamaño largura y grosor ideales para mi boca. Recuerdo una vez que nos fuimos con mi coche a la playa una noche y acabamos en la arena, comenzaba a venir un aire fresco pero aunque mi mandíbula, mi cuerpo y mi sentido del frío me decía que debía de parar, mis ganas de sexo y mi amor por las felaciones me lo impedía.
Y luego conocí a mi ex novio. Un chico ideal, un tipo de espaldas anchas, de culito respingón y de fuertes brazos. Y entonces me di cuenta de que aquello que colgaba entre sus piernas era el amor de mi vida. Nosotros acabamos cortando, pero sigo llevándome muy bien con él y siempre que puedo pregunto por el estado del amor de mi vida. Era… como si Dios hubiera bajado del cielo y construído aquella belleza. Nada que ver con la polla del novio de mi amiga, ésto era distinto, era una raza superior, algo que no se encuentra todos los días.
Ya… el semen. Al princpio, con 16 años, el semen me parecía horrible, era la sorpresa indeseada y asquerosa que siempre acababa en mi boca. Luego me di cuenta que para aprender a amar al semen hay que amar el pito que se lame y la persona a la que pertenece.
Y la de mi ex novio, a quien llamaremos Ben, sabía a agua de mar. Quizá porque se pasa la vida haciendo surf, pero no lo sé, yo lo dudo mucho. A veces huele a café, cuando huele a café entonces no sabe a mar.
Sea como sea, las mamadas y yo nos hemos convertido en mejores amigas, me encanta hacer mamadas, me encanta, me encanta, me encanta, es una sensación de poder que casi nada supera. YO soy la que tiene TU MIEMBRO en mi boca y gracias a MÍ te vas a correr como nunca.

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