En esta vida sexual es un elemento fundamental. Un follamigo que no te cause problemas, un colega con el que echar un polvo cada ciento en viento, alguien que siempre esté cuando pueda ser y sea necesario.
La primera vez que tuve uno salía de una relación seria y me pareció maravilloso poder seguir disfrutando del sexo sin las complicaciones que requería quedar con alguien varias veces por semana, sí o sí, pasarlo mal por esta razón o la de más allá. Y por curioso que parezca aprendí más de sexo con el desconocido que pasó a ser mi amigo con derecho a roce que con el ex novio.
Me dio la impresión que yo era la única en todo el mundo que tenía un follamigo, una relación tan aprovechable en todos los sentidos… luego me di cuenta que dependía de la persona. Hay follamigos y follamigos, está el culto escritor, está el músico, el chistoso, el don juan, el silencioso… todos aportaban algo distinto y maravilloso. Pero por aquel entonces, con 18 años pensé que yo era la única que había descubierto las bentajas de una relación como aquella.
A finales del mismo verano, cuando mi follamigo de la época se marchó a Berlín a estudiar, conocí a un chico que se convertiría por excedencia en el follamigo de mi vida.
Se llama Carlos Salazar, y nunca es Carlos o Salazar, es todo junto, Carlos Salazar. Era uno de aquellos guapísimos chicos de mi barrio que yo admiraba de cría, que a medida que crecía más imposible me parecía: no nos movíamos por los mismos ambientes, ni conocíamos a la misma gente, ni siquiera nos solíamos ver demasiado por la calle. Pero un día, una noche de septiembre, sus amigos y él se acercaron a hablar con mis amigas y pensé que aquella era mi oportunidad. Así que sin pensármelo dos veces, acabé por entrarle. Y nos fuimos de la plaza del pueblo hacia las oscuras esquinas de nuestro barrio donde poder hablar más tranquilamente. Recuerdo que pensé que era la polla más ancha que había agarrado en mi vida. Y nos pasamos un mes quedando, tres veces al día, para ir a la uni, para volver de ella, para ir al bar por la tarde, me venía a buscar después de la autoescuela. Y un buen día todo paró. Y tres meses después siguió, unas cañas, unas risitas, y acabamos en la cama.
De los peores polvos de mi vida. Me esperaba tanto de él… Carlos Salazar, incluso el nombre me parecía mágico, tan misterioso como él. Después de aquel polvo de mala muerte no volvimos a liarnos durante casi un año entero, él se echó novia y yo seguí viviendo la vida loca, claro que nos veíamos más que antes y seguía siendo el mejor bailarín con el que me había encontrado hasta la fecha, pero todas sus novias fueron muy celosas, todas sabían quién era yo y hasta qué punto nuestra relación era tan especial y distinta. Y llegó otra Navidad en la que volvimos solos a casa y nos metíamos entre los parques para desnudarnos y mirar los cuerpos desnudos el uno del otro. Ni siquiera nos liábamos, era el placer de mirarnos. No, ninguna relación supera a la de mi follamigo Carlos Salazar. Él jugaba a fútbol y estaba (está) buenísimo. Buenísimo.
También tuvimos nuestras peleas, cuando me llamaba cuando su novia lo había dejado y estaba tan borracho que no podíamos follar. No es que me cabreara el hecho de que me llamara borracho y me contara sus penas, era que sabía que no íbamos a follar lo que me cabreaba.
Fuimos presentados a los novios cada uno del otro:
– Claudia, esta es Belle, Belle Claudia.
– Julen, Carlos Salazar, Carlos Salazar, Julen. Sí, mi follamigo.
Dejábamos claro que teniendo novio, no nos liaríamos. O éso les decíamos al resto.
A Carlos Salazar y a mí nos falta ese clik. Objetivamente hablando siempre he pensado que sería el hombre de mi vida, alguien que físicamente me parece increíble, me encanta su polla, su cuerpo y sus manos, ¡y qué labios! Pero falta el clik. Pero es la falta de ese clik lo que nos hace ser la pareja que somos, nos tenemos muchísimo cariño, pero somos incapaces de enamorarnos el uno del otro. A veces parece que sí, que si forzamos la relación podríamos conseguirlo, pero se intentó y no se consiguió. Estamos mejor así después de todo.
Carlos Salazar y yo volvimos a follar después de aquel fatal primer polvo y fueron increíbles, increíbles. Yo necesito llevar bastante con un chico para poder correrme, éso sí, cuando me corro, ya no paro, a cada corrida suya, habrá un orgasmo mío, garantizado. Y con él no me hace fatal, no necesito salir con él para disfrutar como si fuera mi novio.
Recuerdo una vez, cuando Carlos Salazar llevaba casi un año con la novia, (o sea que hacía un año que no echábamos un polvo) pensé que ya era hora de conocer a alguien con quien divertirme mientras mi follamigo por excelencia estuviera ocupado. Y fue entonces cuando un contrato así llegó a mis manos:

Era verano, fiestas del barrio y Carlos Salazar se acercó a mí con el mismo contrato en su mano y un lápiz en la otra. Nos reímos al darnos cuenta de que teníamos lo mismo. Y es una tontería, pero no quise firmarlo, yo había buscado al nuevo, al suplente para que lo firmara, Carlos Salazar se quedó allí plantado, con el lápiz en su mano mirando cómo yo ya tenía mi contrato firmado. No volvimos a hablar durante varios meses.
Pero siempre volvemos a la misma rutina y siempre por estas fechas, con o sin pareja acabamos echando un polvo Navideño. Lo más maravilloso es que siempre me sorprendo cada vez que nos volvemos a llamar y al de pocas horas conseguimos quedar.
Es la relación más larga que he tenido hasta la fecha, la más anormal, discontinua y maravillosa a su manera. No, nunca me he enamorado de él, pero ha estado allí cuando necesitaba ahogarme en un orgasmo cuando el alcohol no era suficientemente fuerte para olvidar al chico que me acababa de romper el corazón.
Carlos Salazar, si es que el nombre lo dice todo.

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