De momento…

El otro día me metí en mi email conectado a este blog y tenía un comentario que me preguntaba si ya no iba a subir más posts.

Como habréis podido comprobar he dejado que la web muriera. Tuve la sensación de que no tenía nada más que ofrecer sobre el tema. No he cerrado el blog porque puede que dentro de un tiempo tenga ganas de escribir sobre sexo otra vez.

También he dejado el otro blog que tenía, con éso de hacerse mayor hay que empezar a elegir qué hace una con su tiempo porque empieza a no dar para todo.

Estoy escribiendo una novela, por si a alguien le interesa. Cuando me la publiquen o pague yo para que salga a la luz ya os lo haré saber para ver cómo os la podéis descargar.

Seguimos en contacto a través de los comentarios y un fuerte abrazo a todas,

Belle

Las mellizas

Tengo dos amigas que son mellizas, y se podría decir que tienen un aire, pero si no te lo dicen, nunca sabrías que son hermanas.

Janire y Lucía son las dos altas y delgadas, Janire tiene tres veces más delantera que Lucía, la gente del grupo se ríe mucho de Lucía porque es casi plana. Chistes como: – Sin tetas no hay paraíso. – Lucía no tiene paraíso. Se escuchan casi a diario. Janire es castaña clara y Lucía tira más a oscura, casi morena. Janire es más hija de su madre y Lucía de su padre. Esta última tiene los ojos enormes, verdes, con unas pestañas largas que aletea cuando se siente alagada.

Si en físico no se parecen demasiado, en forma de ser, aún menos. Lucía es muy orgullosa, también es muy pija. Yo siempre me río de ella. A Lucía no le importa, ella es como es, y ahí acaba la historia. Puede que no tenga un cuerpo 10, pero desde luego si alguna de las dos fuera a ser modelo, sería Lucía. Janire, en cambio, aunque es la más inteligente de las dos y éso tendría que hacerla sentir más confiada, se siente más acomplejada por su cuerpo. Ella heredó la prominente gran nariz de su madre, y aunque tienen la misma boca, precisamente a Janire es lo que menos le gusta de ella y lo que más le gusta de su melliza. Para que Janire tuviera la cara equilibrada, habría necesitado labios gordos. Lucía lleva el pelo largo, larguísimo, a la altura de la cintura y siempre se lo está tiñendo. De rubio a pelirrojo y de pelirrojo a rubio, rara vez lo lleva de su color natural. Janire lo lleva en melenita y con flequillo. Una vez, lo recuerdo perfectamente, cuando acababan de empezar el colegio, tendrían 7 años, más o menos, llegaron a clase las dos con el mismo corte de pelo. A todo el mundo le costó saber quién era quién.

Yo soy era la mejor amiga de las dos. Pero aunque Janire y Lucía eran muy buenas amigas, para las dos era yo la guardiana de sus secretos.

Hubo una Semana Santa, en la que me marché con mi novio de vacaciones por Portugal. Lucía y Janire se quedaron sin mejor amiga durante casi tres semanas, y aunque eran un gran grupo, casi unos treinta, pero al parecer, salir de fiesta sin mí no era lo mismo.

Lucía siempre había tenido un algo con un chico del instituto, allá por esas épocas. Nunca se hablaron, pero siempre que se veían por los pasillos ambos se giraban a mirarse y sonreían. Cuando acabó el instituto, no se volvieron a ver. Lucía comenzó a salir con un chico hacia finales de verano, un vecino, el vecino más guapo de todo el bloque, de todo el barrio. Las mellizas seguían viviendo con sus padres, en el barrio junto a Neighbourhood. A cuatro calles de la casa de mis padres, que viven en Neighbourhood. Pero aquella Semana Santa en el que el novio de Lucía se fue de vacaciones con sus amigos, volvió a ver a aquel chico del instituto, Edu. Edu el miradas. Se encontraron de fiesta y se saludaron efusivamente, ¡dos besos que hace mucho que no nos vemos! ¡otros dos besos que hace muchísimo que no nos vemos! Se liaron. Sin que nadie lo supiera. Todo el grupo estuvo atento a sus movimientos, pero nadie les vio liarse. Lucía fue suficientemente astuta como para irse de aquel bar, a otro calle, fuera de aquel pueblo. Edu condujo. Y lo hicieron allí mismo en el coche, casi se arrancaron la ropa.

Lucía no me dijo nada. Y no sospeché.

A partir de ahí Edu y Lucía se hicieron muy buenos amigos, pero ella siguió con su novio. Y no hubo más cuernos. Hicieron un año juntos. Y luego dos. Y aquella nochevieja, cuando llevaban algo más de dos años juntos, fue cuando Neighbourhood decidió hacer la fiesta de nochevieja más grande que se hubiera visto nunca. Lucía sabía que Edu estaría allí, y Janire también lo sabía.

Había visto a su hermana pasar horas al teléfono, horas, quizá noches enteras, se dormía con el murmullo de la voz de Lucía y cuando se despertaba por la mañana ya la oía correteando por la casa, en la cocina, en el pasillo, en el baño. Al teléfono. Y sabía que no era con su novio, porque el tono de voz no era tan meloso, era como si hablara conmigo, pero la conversación era más estúpida, menos importante. Preguntó con quién hablaba tanto y Lucía le contó la historia, un chico del instituto, me llevo muy bien con él, ha roto con su novia de toda la vida y me está contando. Su melliza no le iba a mentir, las mentiras no existían en aquel grupo de amigos, pero Janire también había mirado a Edu por los pasillos, cuando pasaba junto a él, como hacían muchas de las chicas, aunque él no le devolvía la mirada. Había sido más desenvuelta que su hermana, había tenido más éxito, se había liado con más tíos, y aún así, Zapa era la guapa y ella era la fea.

Aquella nochevieja Lucía se pasó la noche conmigo, hablando con la gente y regateando cañas, cubatas y chupitos.

Janire no fue a por Edu, se dijo que fue algo mutuo. Él se acercó a ella a preguntarle por su hermana, Janire le ofreció un trago y otro, y otro más. Lucía y yo no estábamos a la vista. Algunas de las amigas estaban a su alrededor, hablando con gente. Habló con él durante horas, mientras él le pagaba un trago y luego ella se lo pagaba a él. Él se fue al baño un par de veces. La última vez que volvió, parecía decidido. Decidido a besarme, supo Janire. Y así fue. Allí mismo, delante de todo el mundo. Aunque era tan tarde o tan pronto que la plaza quedó casi vacía, y no hubo testigos conocidos que los reconocieran. Se fueron a un portal, uno de los que tienen sofá. Oían gritos de borrachos a lo lejos. Janire se sintió una princesa. Había conseguido a Edu, cosa que su hermana no. Se quedaron en aquel portal un rato, cuando comenzó a salir el sol, subieron a la parte de arriba de aquel sitio, donde estaban las máquinas de los ascensores.

– ¿Tú sabías que hace un par de años me lié con tu melliza? – comentó él.

Janire se sintió herida, no sólo por no ser la primera en haberlo hecho con él, sino porque su hermana no se lo hubiera contado.

A la mañana siguiente me llamó y me lo contó todo.

Yo llamé a Lucía al móvil. Estaba en el coche, con su novio, luego me llamaría.

Cuando llamó, pedí una explicación.

– Es Edu– fue lo primero que dijo Lucía, como si éso explicara todo – Edu el miradas. Además ya estaba con mi novio, no podía divulgarlo, lo habríamos dejado o habríamos tenido la bronca del siglo.

– Janire lo sabe.

– Janire es subnormal. Se pasó toda la noche borracha perdida comiéndole la oreja a Edu, él me llamó mosqueado porque quería que le quitara a mi hermana de encima, pero como estaba con éste, no me iba a ir. Éso le mosqueó aún más y por éso se lió con ella.

– ¿Por pena, dices?

– Se lió con ella porque tenía ganas de echar un polvo y ella estaba delante de él. Lo hizo por hacerme rabiar, lo hizo para que me pusiera celosa. Me llamó varias veces para que fuera a buscar a Janire, al final dejé de cogerle.

– ¿Ella no te ha dicho nada, verdad?

– Ni lo hará.

Monogamia

Este texto lo escribió Juan Abreu en Jot Down, aquí el link al artículo.

La famosa monogamia, siempre conectada en nuestra fantasía y en la literatura a la fidelidad a la decencia y a toda clase de supuestas virtudes morales, resulta que se llama vasopresina.

¿Virtudes morales? Chorradas.

Vasopresina.

En 2008, un equipo de investigación del Instituto Karolinska, de Suecia, examinó el gen receptor de vasopresina en 552 hombres en relaciones heterosexuales a largo plazo. Los investigadores descubrieron que una parte del gen llamado RS3 334 puede aparecer en número variable: un hombre podría no tener ninguna copia en esta sección, una copia, o dos. Cuantas más copias, más débil es el efecto que la vasopresina tendría en el flujo sanguíneo. Los resultados fueron sorprendentes en su simplicidad. El número de copias guardaba correlación con el comportamiento monógamo de los hombres. Los hombres con más copias de RS3 334 sacaban peor nota al medir su vínculo de pareja. Los que tenían dos copias tenían más posibilidades de quedar solteros, y si se casaban, tenían más posibilidades de sufrir problemas maritales (Eagleman).

Vasopresina.

Naturalmente, y esto también lo dicen los neurocientíficos, el libre albedrío cuenta (si es que existe, que puede ser que no), y el entorno, cuenta. Pero algunos hombres tienen una inclinación genética a tener una sola pareja, y otros no. A algunos hombres les resulta muy fácil ser monógamos (no es ningún mérito suyo, es una particularidad genética sobre la que no tienen poder alguno), y a otros les resulta muy difícil, y no es que sean unos calentorros o unos “depravados”,  es que tienen más copias de RS3 334 y no pueden hacer nada por evitarlo. O muy poco.

Ya va siendo hora de poner algo de verdad científica en nuestro vivir y en nuestro convivir. Nos irá mejor.

Cuánto daño ha hecho y sigue haciendo el oscurantismo sexual tan ligado a la religión y a la moral, y a la llamada monogamia. El sexo nada tiene que ver con la moral. ¡Cuántas mujeres abusadas y asesinadas por machos completamente embrutecidos y completamente obsesionados con el follar con una sola persona y completamente envenenados con la estupidez de que la monogamia es sinónimo de pureza, de solvencia moral y de decencia! Cuánta ignorancia. Cuánta estupidez. Es un horror y una vergüenza. ¡A estas alturas de la civilización!

¡Pureza! ¡Castidad! Chorradas. La decencia, el decoro, la integridad, el honor, nada tienen que ver con los usos que damos a nuestros órganos genitales.

Ya va siendo hora de superar todo ese animalismo y todo ese primitivismo y todo ese fanatismo de monito sin civilizar y de monito oscurantista y supersticioso. Hay que poner más atención a la química y poner en su sitio nuestros insignificantes egos. El ego, siempre engañándonos con la ilusión del control. Con la ilusión de que somos el centro de algo cuando la verdad es que no somos el centro de nada. Estafándonos con la ilusión de que tenemos absoluto control sobre nuestras vidas. No es así.

Iluminemos un poco el entorno, hablemos, por ejemplo, de la serotonina. La serotonina (y no nuestro ego el pequeñajo) está relacionada “con el estado de ánimo positivo, con el incremento de la tendencia a la religiosidad, al conformismo, al orden, a la escrupulosidad, al pensamiento práctico, al autocontrol, a la capacidad de prestar atención de manera prolongada, a un bajo nivel de impulsos de búsqueda de novedades y a la creatividad de carácter figurativo y numérico” (Helen Fisher). Pues eso. ¿Yo? ¡Pamplinas! La serotonina.

Ojo a la química y a la realidad y a la sopa química que somos.

Ahora bien, volviendo a la monogamia (es decir, a la vasopresina); ¿cómo cambiar nuestra percepción de monito a medio civilizar respecto a la monogamia? Pues hay que empezar por asumir que partimos de asunciones falsas (o al menos fragmentarias y literarias) y vivir las relaciones amorosas y sexuales de otra manera. De una manera más real. Y más científica. Es decir, tenemos que empezar a abandonar toda la literatura, toda la ficción moral y todo el oscurantismo religioso relacionado con la monogamia. La monogamia es un asunto químico, hay personas con mayor tendencia química y genética a follar y convivir largo tiempo con una pareja, y otras personas con tendencia química y genética a cambiar de pareja con frecuencia y a ser menos estables sexualmente, es decir, a necesitar variadas parejas sexuales.

No es un problema insoluble, claro que no. Sencillamente hay que asumir la realidad, y vivir con nuestra pareja teniendo en cuenta esa realidad científica y química. Y, por supuesto, partiendo siempre de la base de que todo eso es muy natural y que no deben sacarse conclusiones morales del asunto porque follar, ¡cuántas veces lo tendré que repetir!, no tiene relación alguna con la moral.

¿Por qué follar con una sola persona te hace más decente, más moral, mejor persona?

La respuesta a esta pregunta es muy sencilla: no te hace mejor persona, no te hace más moral ni más decente. Te hace más pobre, verdaderamente, porque el sexo, en mi opinión, enriquece. El contacto físico placentero con muchas mujeres u hombres, o lo que a usted le guste, es beneficioso para la salud y para la templanza, y me atrevería a decir para el equilibrio moral. Y además, hace crecer nuestra capacidad para la empatía. Que es una de las bases de la civilización y el progreso.

La gente más mezquina y sucia que he conocido, por lo general, tenían algo en común: follaban poco. Eran personas necesitadas de contacto físico, necesitadas de sexo y necesitadas de la atención, de la autoestima y de la entrega que está asociada al sexo. Esa gente amargada con la que a veces me he tropezado en la vida, mayoritariamente podría decir, en cuanto la he conocido un poco me he dado cuenta de que es gente insatisfecha. Gente que no folla lo suficiente.

La monogamia en personas genéticamente no dispuestas para la monogamia es una anormalidad. Una anormalidad provocada por la falsa moral y por las supersticiones religiosas.

Hemos de liberarnos de toda la superchería asociada al sexo. Vivamos científicamente. Nos irá mucho mejor.

Fantasías sexuales: bajo el mar

He estado leyendo por ahí sobre fantasías sexuales, y por lo que parece en verano se folla tres veces más que durante el curso. También ayuda, supongo yo, que el calor permita hacerlo en ‘cualquier’ sitio sin miedo a morir de congelación.

Las fantasías más populares son el miedo a ser pillados, es decir, cabe la posibilidad de que alguien pase por la zona, puede que no, pero… Y es ese pero lo que es excitante. También está la fantasía de hacerlo con un desconocido (un vuelo de largas horas. cuarto de baño del avión. y un estupendo pasajero a escasos metros. 2 y 2 son 4). Además está la fantasía sexual de fornicar bajo el agua.

Ya os comenté aquí que había follado con alguien en el mar. La verdad es que hacía siglos que tenía ganas de follar bajo el agua. Había pensado en una piscina, por éso de que no hay olas que molestan ni salitre en la piel. Pero suponía que me liaba con mi futuro novio/marido en un jacuzzi o no tenía nada que hacer. Pero claro, si éso lo pensaba con 14 años, tampoco es que hablara la voz de la experiencia.

La noche en la que ocurrió yo simplemente bajaba a darme un baño con dos conocidos. La verdad es que hablamos de política, de economía y de terrorismo (ya os imagináis, los temas más ardientes que puede haber en las conversaciones). Y uno de ellos se fue. Y me quedé con F. Y no pensé en absolutamente nada… simplemente ocurrió, ocurrió en el mar, en la orilla y en las amacas. Y salió la luna y se marchó y salió el sol.

Y llegó la realidad de mi memoria. ¿Fue excitante? Joder. Brutal. ¿Fue maravilloso? Afirmativo. ¿Mola? Mhmmm… lo recomendaría a todo hijo de vecino… PERO hay que tener en cuenta que el agua y la vagina no se llevan bien. También hay que decir que no hay que tenerle miedo a la arena, ni a los peces. Tampoco es que estés pensando en ello porque estás en el fulgor del momento, pero después… cuando sales y te vas a duchar y piensas… ¿qué coño tengo aquí? Ya sabes dónde está la explicación.

Y lo más curioso es que he encontrado una página web donde los vídeos porno son de gente bajo el agua. ¿Os ha picado el gusanillo, no? Pues aquí os lo dejo.

http://www.sexunderwater.com/tour/sexunderwater-tour.html

Lo admito: follando soy pasiva

Es difícil hablar de nuestro propio sexo con el resto. Sí, hablamos de sexo, pero más bien del sexo en general, de las posiciones que hacemos, de lo que nos gusta y nos deja de gustar. Pero de nuestro sexo, del sexo a modo íntimo y salvaje y totalmente desnudo… no, no decimos ni mú.

Porque el sexo puede ser maravilloso. Puede ser único y excitante, puede ser placentero y salvaje, puede tener imágenes de películas románticas o porno, puede ser visceral. Pero siempre será algo idíloco en la mente cuando nos vienen las escenas.

Lo que nunca pensamos es en los pedos vaginales, en cuando se nos sube la bola o tenemos que parar para hacernos una coleta porque el pelo molesta más que ser erótico… Tampoco pensamos nunca en cuando paramos porque nos da un ataque de risa porque a veces echamos sonidos de cerdo o porque en vez de morder sensualmente a la otra persona lo que hacemos es tocar las narices a dos manos, sólo por el placer de incordiar.

Pero es la primera vez que me leéis citar todas esas cosas. Y yo rara vez lo hago con mis amigas, (aunque todas hemos hablado de los pedos vaginales, que siempre van de la mano del perrito, que a su vez es gran amigo mío) pero hace un par de semanas mi amiga Lucía nos dijo un día que había bebido un par de zuritos de más que su novio le había dicho que era una pasiva follando. Y no dije nada, pero mentalmente le hice un reverencia por admitir éso. Claro que tiene que dar igual, de todas formas no vamos a follar con ella. ¿Entonces qué importa lo que nosotras pensemos de cómo folla por lo que dice su novio? Pero, pero, pero… esa necesidad de ser atractiva en la cama a los ojos del resto del planeta.

A mí me dijo un chico que era mala en la cama. Y yo, que soy algo más decente que algunas personas con las que me he acostado, también lo he pensado a pesar de no haberlo dicho jamás. Nadie es 100% bueno en la cama (a no ser que seas Hank Moody) ni todos estamos todos los días dándolo todo a cada minuto. Primero hay que despertarse bien y que todas nuestras partes lo hagan al mismo ritmo. Y cuando estás adormilada un masaje a veces sólo sirve para hundirte más en la almohada y no al contrario.

Pero que mi amiga lo admita ya me parece un paso adelante. Le gusta tirarse en la cama y dejar que su novio haga todo el trabajo. (Y de verdad, ¿a quién no le gusta hacerse la remolona?) Todas deberíamos ser como ellas. Follamos, ¿no? Y mientras nuestras parejas se nos quejen a la cara, no hay problema, todo es ir aprendiendo poco a poco a ser futuros Moodys.

El sexo es sexo, el baile es baile

He encontrado este artículo: Si no puedo perrear, no es mi revolución escrito por June Fernández. Me ha parecido una verdad como un templo, recomiendo que lo leáis:

El pasado año, después de un mes en Cuba, me decían que lo único que me falta para ser cubana es sacar la lengua al bailar. Es algo superior a mis fuerzas. Ni bailando sola en mi casa logro hacerlo. Probad en casa a ver cómo os sentís. Esa incapacidad de hacer un inofensivo gesto de desinhibición sexual y descaro refleja la rigidez y represión en la que crecemos por estos lares, creo yo.

En mi perfil de Twitter pone: “Si no puedo perrear, no es mi revolución”. Mi afición por el reguetón es de sobra conocida en mi entorno. En realidad disfruto más escuchando y bailando otras músicas, pero la imagen de feminista que perrea rompe los esquemas, y eso me mola, así que la exploto. Para la gente con resistencias antifeministas, cuestiona el estereotipo de que las feministas vivimos amargadas, de que somos unas ‘malfolladas’ que no sabemos disfrutar de la vida y nos lo tomamos todo a la tremenda. Para muchas feministas, que una de las suyas disfrute restregando voluntariamente su culo contra el paquete del maromo de turno, puede generar un cortocircuito interesante.

¿Por qué me gusta el reguetón? Como dice Calle 13, porque se me mete por el intestino, por debajo de la falda como un submarino, y me saca lo de indio taíno.

Qué liberador es para los vascos y vascas agitar la pelvis, plaplapla, y frotarnos, frafrafra.

Más si una ha sido educada como una señorita de clase media acomodada. Ya lo dice Residente, de Calle 13: con el reguetón hay que levantarse la falda hasta la espalda y sacudirse el sudor. Hay que perder el recato, los buenos modales. No es un baile refinado ni elegante. Es indecente y ordinario. Me encantan esas cubanas que lucen orgullosas sus muslacos aunque tengan celulitis, que no les da pena que el pantalón bajo deje al aire su rabadilla mientras agitan sus carnes demostrando una conexión con su cuerpo fascinante. Tal vez en América Latina el reguetón esté potenciando la hipersexualización de las mujeres como objetos de deseo, tal vez no sea empoderador. Aquí creo que nos va bien un poco de eso. Feminidad barriobajera, sin clase, de hembras en celo que no cruzan las piernas sino que las abren de par en par, sin preocuparse por que se les vea las bragas.

No sé si es verdad que en Euskadi follamos poco, pero lo que es cierto es que nos tocamos poco. Para mucha gente, el contacto físico es algo íntimo, reservado para la pareja y la familia. A veces ni para la familia. Es mi caso: aunque voy trabajándolo, hasta hace poco sólo me abrazaba con mis parejas, amantes y con mi hermano. Así que me gusta, me sienta bien romper con esa concepción del cuerpo como un ente fortificado. El reguetón es un espacio consensuado en el que pongo mi cuerpo a disposición total de la pareja de baile (a menudo desconocida). Me puede agarrar de donde quiera, puede sentir con todo su cuerpo todo mi cuerpo.

Que sea algo consensuado implica un respeto mutuo. No es una invitación a nada más que a bailar. Y si me incomodas, te lo hago saber y me respetas. Por muy tórrida que se haya puesto la cosa, rara vez un cubano (digo cubano porque es en lo que me he centrado reguetoneramente hablando) ha aprovechado el momento para mover ficha. Eso llegaba en todo caso cuando terminaba el baile. El baile es baile.

Es decir, frente al mito de la calientapollas, tan vigente aún en nuestras tierras, mi experiencia es que yo puedo estar perreando a un tío toda la noche, y el asume que eso es todo, que no le da derecho a exigirme nada más. Pensemos en las fotos de San Fermín: hombres que ven una teta y la tocan como por inercia, porque se sienten con derecho a tocarla, como decía Emi Arias en Pikara. Alguna vez comenté que el acoso machista en las calles de La Habana se hace muy pesado. Pero creo que la diferencia respecto al de aquí es que no hay sexofobia. Lleve minifalda, vaya sin sujetador (‘ay, qué rica, toda sueltecita, mami’, me dijo uno una mañana que fui a hacer la compra con una camiseta de manga corta sin escote) o esté bailando desatada, ningún hombre cubano me ha devuelto esa lascivia turbia de quien te ve como a una golfa a la que puede humillar. Aquí algunas hemos sentido clara esa dicotomía puta/esposa. Ya sabéis, ligábamos  pero no éramos el tipo de chica que uno quiere para novia. No éramos mujeres decentes porque nos reafirmábamos como seres sexuales. Así que casi prefiero a Osmany García presumiendo de que su jevita es un carrito loco loco loco. “Ella sí que no se mide, a ella le gusta dar cintura para que todo el mundo la mire”. Qué bien lo pasábamos por el Malecón gritando: “Mi jevita es una fiera, mi jevita es como un gato, como quiera que la tire ella siempre cae en cuatro. ¡Agua!”.

Si hay un reparo ante el reguetón que me gusta rebatir es el de que es un baile machista porque la mujer se mueve para darle placer al hombre. Es curioso porque, bajo una premisa aparentemente feminista, una vez más se niega la sexualidad y el placer de las mujeres. ¿O sea que si yo me froto contra un tío es para darle gustito a él? ¿Acaso no creen que frotarme contra una pierna o un paquete me da gustito a mí?

Pero es que además no va de eso. Va de compartir el placer de bailar. Va de comunicación. Y no siempre es sexual. Una vasca va a Cuba y se escandaliza viendo a madres perreando a sus hijos, por ejemplo. Pero es que no es sexo, es baile. Es un baile con carga erótica, como tantos otros la tienen en el Caribe. “¿Pero y no te empalmas cuando bailas reguetón?”, es una pregunta habitual de un vasco a un cubano. A muchos les parece una ofensa. “Sería una falta de respeto; se me para cuando se me tiene que parar, esto es baile”. Por mi parte, no veo mayor problema, por lo que digo, porque tengo la tranquilidad de que el hecho de que se excite no le va a llevar a hacer la lectura de que yo he empezado algo que tengo que terminar.

En el tango, la mujer baila hacia atrás; el hombre dirige y controla el espacio. En la salsa o en la bachata otro tanto: él decide cuándo la hace girar, cuándo la acerca y la aleja, cuándo la estrecha contra él. Las vascas, que nos cuesta dejarnos llevar, tenemos que aprender a entregarnos, a sentir un leve gesto del hombre en la espalda que nos dirá hacia dónde movernos, a seguir su ritmo sin rechistar. A mí personalmente me encanta dejarme llevar, me resulta súper liberador dejar de ser la que controla por unas horas. Pero la cosa es que el reguetón, que es bastante suelto, es de los bailes caribeños que más margen de maniobra ofrece a las mujeres. Yo puedo decidir si me pego o no, si me doy la vuelta, puedo marcar el ritmo, puedo tirarme al suelo, apoyarme en la barra, irme a bailar sola, regresar… ¿Por qué los citados bailes en los que la mujer tiene cero margen de maniobra no han sido tachados de machistas? Porque del reguetón, estoy convencida, lo que escuece no es el machismo, es que nos sonroja.

Ahora, vuelvo a repetir mi deseo de potenciar un reguetón queer, en el que los roles y los géneros sean intercambiables, los hombres ofrezcan el trasero a las mujeres, en el que chicas bailen con chicas no para la mirada masculina sino para su propio gozo, y los chicos (al margen de su opción sexual) también se animen a tocarse. Como decía en ese otro post,también creo que más que censurar el reguetón androcéntrico, se trata de promover que las mujeres no sean sólo adornos sino que también canten y compongan letras en las que plasmen sus deseos. Por lo pronto, una reguetonera argentina lesbiana se ha puesto en contacto conmigo para pasarme sus canciones, Chocolate Remix. Me parece un puntazo. Lo puedes escuchar aquí.

Y si las letras machistas y el exceso de testosterona nos ponen nerviosas, nos podemos hacer una lista de reproducción de canciones que tratan otras temáticas sin renunciar al ritmo pegajoso del reguetón.

En los últimos encuentros feministas y lésbicos en los que he participado, ha sonado reguetón, al menos el Atrévete te te, y nos lo hemos pasado teta perreándonos sin complejos. Si al principio me sentía una marciana, he ido conociendo a lesbofeministas que me han dicho que a ellas también les encanta el reguetón. Hemos fantaseado con organizar talleres de reguetón queer. También me sorprendió gratamente que Diagonal publicase una lectura feminista del reguetón que no lo demonizaba precisamente. Estoy convencida de que si nos reímos, si bailamos, si perdemos la compostura, si nos entregamos al desenfreno, seremos seres menos rígidos, más libres, capaces de hacer un activismo más transformador. Como dice mi amiga mexicana-nica Cristina Arévalo en sus talleres de teatro cabaret, un activismo desde el placer y no sólo desde el enojo.

Así que me reafirmo: si no puedo perrear, no es mi revolución.

Sin segunda convocatoria

Lucía comenzó a liarse con Edu una madrugada de hace muchos veranos. Fue una noche en la que bebió demasiado, y precisamente por éso no captó todas las posibles indirectas que Edu pudo mandarle para indicarle que él estaba interesado en ella aunque ella se quejase por un antiguo amor perdido.

A Lucía le encantaba Edu. Le había encantado desde que tenía memoria, porque siempre había sido uno de los mejores amigos de su hermano, y por lo tanto, le conocía desde siempre. Lo malo era que precisamente por su hermano, Lucía y Edu lo mantuvieron en secreto durante mucho, mucho tiempo. Eternos meses de quedar de noche, verse a oscuras o lejos de todo el mundo. No estaban saliendo. De hecho, Edu era de los primeros chicos con los que Lucía se acostaba más de un puñado de veces.

Ahora, mirando hacia atrás es fácil decir que la relación no empezaba con buen pie, pero en el momento, cuando Lucía no daba señales de vida porque se pasaba las noches con Edu y los días durmiendo, todos nos alegramos mucho. (Bueno, yo no tanto porque odio cuando la gente no hace acto de presencia regular con sus amigas, pero éso porque soy así de maja). Finalmente Edu se lo comunicó al hermano de Lucía y aunque yo jamás los vi besarse, sí que se pasaban la noche hablando y haciendo el tonto delante del hermano.

Hasta que Lucía se fue a estudiar fuera el primer semestre.

Hay diferentes versiones de lo que pasó a continuación, así que os daré la mía y tendréis que tomarla por neutral.

Cuando Lucía se marchó, Edu, que había comenzado a llevarse muy bien con nuestro grupo, seguía quedando de vez en cuando con nosotros para tomar algo. Y empezó a llevarse bien con Janire, que es la protagonista de esta historia. De hecho, yo os diría que empezaron a llevarse demasiado bien demasiado rápido. Y yo lo noté. Yo, que generalmente no noto nada, lo vi venir, lo vi venir de Cádiz a Up North. Los veía borrachos, él coqueteándola cuando era incapaz de caminar sin apoyarse en las paredes, a ella riéndole todas las gracias habidas y por haber. Él mirándola desde la barra. Y ella evitando mencionar su nombre pero siguiéndolo allá donde iba su grupo de amigos.

Así que no sólo Edu comenzó a salir menos con nosotras, estupendas amigas de Lucía, sino que se llevó a Janire con sus amigos para absurdas excursiones que ella no habría hecho de no haber estado él.

Y ahora bien. ¿Qué hacía yo con esa información en lo que se refería a Lucía? ¿Contárselo todo? ¿Pero contarle el qué? No habría pruebas de que se liaran (de hecho estoy casi segura de que no lo hacían). Y además Lucía andaba acostándose con otro allí en la distancia. Demasiado debate en mi cabeza para una cabeza de mi tamaño. ¿Y qué hice? Nada, no hice absolutamente nada más que hablarlo con un amigo y comentarlo alguna vez con Mike.

Lucía volvió en el mes de marzo. Y cortó con Edu. Porque padecía un tembleque de vida, porque se agobió al darse cuenta de que tenía que volver a la vida que había dejado en verano. Tenía amigos, tenía la uni, tenía un Edu y tenía que afrontar la realidad que la iba a sacudir hasta dejarla tirada y agotada en la cama. Así que cuando Lucía se dio cuenta de que no tenía tiempo, cortó con Edu. Ella tomó nota mental: volveremos para verano, cuando haya resuelto mis problemas. La nota mental  no la dijo en voz alta.

No hubo segunda convocatoria.

Cuando Lucía lloraba y nos contaba lo que había ocurrido, Janire estaba sentada frente a ella, aportando palabras consoladoras. Lucía lloró porque sabía que había hecho mal, que había dejado a Edu herido. Y sólo se había ocupado de ella.

Janire tardó dos días en empezar a salir con Edu. Para cuando Lucía lloraba en nuestros brazos, Janire ya estaba con Edu. Pero eso no lo sabía nadie.

Y ahora Lucía odia a Janire, quien por amor a la psicología quiere hacer afrendas de paz. E intenta hablarlo con Lucía. Quien le ha dicho a la cara que la odia y que acepta verla porque no le queda más remedio, pero que haga el favor de hacerse pasar por su amiga cuando jamás ha pretendido serlo.

Y yo estoy incómoda. Porque a veces viene Edu, y Janire y él se besan, se dan la mano, y hablan. Y ahora se van a vivir juntos. Edu y Lucía salieron a oscuras durante años, Janire y él llevan unos cinco meses.

Edu y Lucía jamás tuvieron ninguna posibilidad. Porque era el primer novio de Lucía, porque su hermano estaba en contra de la relación, porque les daba vergüenza darse la mano delante de la gente y porque vivían el día a día y no hablaban del futuro. Janire tiene trabajo, es más mayor que Lucía, es más madura, piensa todo cien veces antes de mover un dedo. ¿Pensó que quería más una relación con Edu que una amistad con Lucía? Y lo entiendo, si Janire ha hecho éso, significa que realmente cree que Edu es el tío con quien quiere mantener una relación durante años, tener hijos y todas esas cosas.

Pero…

Pero…

¿En qué momento dejamos de ser niñas y todo empezó a ser demasiado complicado? ¿Fueron cuernos lo de Lucía? ¿No es mejor follarse a alguien por el que no sientes nada que enamorarse de alguien aunque no te toques ni con un palo?

Todo se ha vuelto gris, gris ceniza. Y yo estoy del lado de Lucía, porque me gusta más y me cae mejor. Pero la situación incómoda la sufrimos todas y aquí no hay ni buenos ni malos. Pero Lucía pensó que Edu seguiría ahí para ella y Edu se fue. Y no va a volver.

O sí.

Y éso sería aún peor.

Píldora para provocar el deseo sexual

Todas sabemos que para los hombres existe las pastillitas azules: viagra. Lo hemos visto en películas y series, y supongo que llegará una edad en la que lo veremos en vivo en directo.

Y ahora se ha creado una nueva píldora para las mujeres, una píldora que sube la libido femenina (generalmente mucho más adormilada que la masculina).

Ha sido presentado al mercado por el doctor Adriaan Tuiten. Hay 420 mujeres participando en un ensayo clínico, y si no hay problema alguno, Lybrido (nombre original donde los haya) llegará a nuestras farmacias en 2016.

Como explica el blog Xakata ciencia: “Lybrido es una cobertura de testosterona, con sabor a menta, además de una dosis de buspoirone, medicina utilizada para combatir la ansiedad y un compuesto similar al de la Viagra, que incrementa el flujo sanguíneo en los genitales. Con todo, Lybrido se dirige principalmente a las neuronas que se activan durante la excitación femenina, a diferencia de la Viagra masculina, que solo activa mecanismos para lograr una erección”.

A mí me parece, personalmente, que Lybrido está mucho mejor preparada que la Viagra. Podrían haber hecho un copia pega de la versión masculina y habernos pasado una pastilla que aumentara el flujo sanguíneo, pero tenemos la suerte de que también sea capaz de tocar las neuronas que nos activan en la cama (o en el coche o en la playa).

Podremos seguir con apetito sexual (químico) hasta que se nos rompa la cadera.

Preadolescentes curiosos

Para bien o para mal todos hemos tenido trece años. Donde no sólo entras en la adolescencia, sino que la adolescencia te da tal tortazo que te quedas mareada durante varios años. (O lustros).

Así que estamos en primero o segundo de la ESO y salimos con chicos más mayores que nosotras, todos tienen uno o dos más, pero ya son chicos maduros, no como los críos de nuestra clase, a los que sólo les interesa el fútbol y las pijitas que viven cerca del mar.

El curso en Up North consiste en una larga y aburrida sucesión de imágenes con lluvia. No para de llover practicamente durante todo el curso, y por alguna razón en especial durante todos los fines de semana. Podríamos ser unos quince por aquel entonces, con una gran mayoría de chicos. Cada fin de semana, solíamos ir a casa de alguien a apagar las luces y sobar.

Tan sencillo como aquello. Y ahora si lo piensas en frío…

No hemos vuelto a hablar de ello, es casi demasiado violento. Nos encerrábamos en casa de alguien, íbamos todos al salón, se apagaban las luces (también había que controlar dónde estaba el chico que te gustaba en ese momento justo antes de que se volviera todo negro).

Es algo normal, que a pesar de no hablar de ello porque ahora resulte incómodo mencionarlo, hay que pensarlo lógicamente. A los trece las hormonas salen disparadas en todas las direcciones posibles. Y aunque no todas perdimos la virginidad por aquel entonces, todas aprendimos mucho de nuestro cuerpo. No es nada malo querer ser deseadas. Lo que pasa es que a los trece años eres una guarra si dices abiertamente lo que te gusta hacer los fines de semana. (De hecho también eres una guarra si tienes 24 y dices abiertamente que quedas con tus amigos para meteros mano).

Recordé toda esta época de jóvenes adolescentes, porque el otro día un amigo nos contó que una vez fueron él y un amigo a casa de una chica (que a su vez estaba con una amiga). ¿Y qué hicieron? Decidieron desnudarse y tocarse. Las chicas se abrieron de piernas para que los chicos (¿niños?) miraran, ellos se dejaron tocar para que ellas aprendieran cómo se maneja y nadie besó a nadie. Según mi amigo todo fue muy excitante. Pero quedó en eso.

¿Qué harán los treceañeros de hoy en día? ¿Lanzarán su virginidad por la borda a la velocidad de la luz? ¿O abrazarán esos días de florecimiento sexual en los que descubren más que en cualquier clase teórica en el instituto?

Cuánto me alegro de no tener trece años…

In the Land of Rape and Honey

¿Es verdad que todas tenemos la fantasía sexual de ser violadas? Es la pregunta que plantean en la tercera temporada de la serie Californication, The Land of Rape and Honey.

Claro que en la serie lo resuelven con humor y malentendidos… pero, ¿qué verdad hay en esa pregunta?

Varios personajes femeninos dicen querer ser violadas. Fantasías sexuales, tomadas a la fuerza por actores famosos, hombres que las rodean y a los que saben que jamás podrán aspirar o novios enormes como armarios empotrados.

¿Y bien?

Vviendo en la sociedad en la que vivimos hoy en día y teniendo en cuenta el movimiento feminista que nos rodea en busca de la igualdad, yo he decir que lo que voy a explicar es únicamente mi punto de vista y que sacado de contexto, pierde toda validez.

En fantasías sexuales sí. Queremos que alguien que no nos esperamos (diré Robert Downey Jr. por poneros un ejemplo de quien no me importaría que me atara a su cama) nos sorprenda y nos fornicie. Queremos que nuestra pareja nos agarre de las muñecas, las sujete con fuerza y nos deje impotentes ante lo que sea que está preparado a hacer.

Pero no queremos ser violadas, queremos que nos tomen con fuerza. Porque ya sabemos que digan lo que digan, en realidad las que mandamos por norma general somos las mujeres, en todo ámbito (o por lo menos en mi alrededor). El hombre reina, la mujer gobierna. Y en la cama, de vez en cuando, sí, nos gusta que los chicos tomen el control.

No queremos encontrarnos en un callejón sin salida y que un desconocido con una capucha nos meta el pito en la vagina. Nada emocionante. Nada excitante. Ganas de matar subiendo.

Queremos que nos agarren, que nos aten y que nos la metan cuando tenemos que pedirlo a gritos y todavía no ha llegado la hora. Pero en nuestros términos. No son listas imposibles de cumplir, pero tenemos nuestras condiciones.

Así que The Land of Rape and Honey tiene razón, sí. Pero todos los ejemplos que nos dan de mujeres que lo explican, describen fantasías.

Grrrr… Robert Downey Jr…

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